menta húmeda

jueves, 26 de agosto de 2010

LA ROSA Y LA PIEDRA

CAPITULO I
Asdrúbal estaba muy cansado pero se mantenía rígido encima de su caballo negro al mando de las tropas que regresaban a la perfumada Cartago. Intentaba no pensar, no recordar la amarga derrota, el vergonzoso pacto a que habían llegado sus dirigentes con los odiados romanos. El final de las guerras, si, pero también el fin de su imperio, el abandono de toda su flota de guerra, sus posesiones fuera de África, el poder de Cartago en suma, que quedaba relegado a África.

El sabor a hiel subía desde lo más hondo del orgulloso guerrero que en el fondo hubiera preferido seguir a su admirado Aníbal a su duro exilio. Tan solo las órdenes de su padre le habían contenido y obligado a regresar a su hogar. Porque no se engañaba, Roma no se detendría ahi, estaba completamente seguro de ello, dijeran lo que dijeran las voces insensatas de los pacifistas, los oradores, los cobardes, a su alrededor.

La multitud llenaba las calles, contentos por el fin de las guerras púnicas. En su inocencia creían que era un día de alegría. Asdrúbal paseó su mirada distraídamente por las caras de la gente y de pronto quedó atrapado por un par de ojos negros. La dueña de esos ojos era una mujer joven, embozada en un manto negro con capucha de la que se escapaban unos suaves rizos color ébano. Su rostro -lo que se podía ver de él- era de una palidez irreal, de una blancura de mármol, lo que hacía destacar de un modo fantasmagórico el fulgor de sus negros ojos, y la mancha de color de sus labios, suaves como una rosa oscura.

Intrigado detuvo su caballo a fin de abordarla, pero un mercader cargado de cestas se cruzó en su camino y cuando logró apartarlo la misteriosa desconocida había desaparecido como por arte de magia.

Asdrúbal dejó escapar una exclamación de disgusto y se dirigió al palacio de su padre. Al llegar, los criados se apresuraron a coger las bridas de su montura y a darle la bienvenida. Se reunió con su padre en sus aposentos privados. Este era un hombre frío y distante, orgulloso, como todos en su familia, y no le demostró el menor calor. Tampoco lo esperaba. Después de las formalidades se retiró a sus habitaciones, tomó un largo baño relajante, atendido por los sirvientes. Una vez vestido con ropas limpias y saciada su sed y hambre, tendido en el diván de terciopelo no podía dejar de pensar en la joven que había entrevisto en la multitud.

El tenía experiencia con todo tipo de mujeres, había conocido a demasiadas, nobles, plebeyas, sirvientas, esclavas.... no se hacía ilusiones respecto al eterno femenino, en realidad era un cínico y tres años de guerras no le habían vuelto mas idealista en ese sentido. Recordaba a las mujeres extranjeras con placer, sus habilidades sexuales, incluso a veces evocaba episodios de violencia, de asedio a una población. Había un placer oscuro, maligno, en el hecho de sofaldar a la fuerza a una mujer temblorosa. En los hombres de su familia, anidaba una venal cruel, para que negarlo.

Ante este último pensamiento en su rostro de facciones duras, como talladas en piedra a pesar de su juventud, aleteó una sonrisa cínica.

El rostro blanco enmarcado en negros cabellos y la mirada brillante de la mujer entre la multitud, flotó por unos instantes ante su memoria, como si estuviera impreso en fuego en su mente. ¿Un sortilegio pensó?, ¿Se trataba tal vez de una bruja que le había hechizado? Era un hombre de acción y fuera como fuera no quedaría inactivo. Iba a buscarla.

Volvió a las caballerizas, hizo ensillar de nuevo a su caballo y embozado en una capa se lanzó a la noche aterciopelada.

A llegar a los jardines que limitaban la finca de su padre con la ciudad tuvo un sobresalto porque allí, apartada de la luz que proyectaba un pequeño farolillo, pero claramente distinguible a pesar de las sombras de la noche, estaba ella, la mujer que le estaba obsesionando. Le miraba directamente a los ojos, sin el menor temor, apoyada en el muro semicubierto por las enredaderas, bajo la sombra de un inmenso abedul. Su capa se había entreabierto y mostraba una silueta francamente turbadora, los cabellos sueltos como una masa de rizos oscuros. Su mirada retadora encendió su sangre y él fue hacia ella.

Cuando se apoderó de su cuerpo en un brusco abrazo y los brazos de mármol de ella se colgaron de su cuello, buscó su boca, hambriento, con un deseo difícil de saciar. La noche estaba de repente muy silenciosa. Ni el menor susurro de las aves nocturnas. El viento repentinamente en calma. Los labios de ella estaban fríos como el hielo, pero el hielo también puede quemar y así se sentía Asdrúbal bajo aquella caricia, como ante un fuego helado que le estaba consumiendo.

Una languidez totalmente extraña a su carácter de depredador se estaba adueñando de su ser al contacto de los labios de la desconocida. Ella continuó las caricias hacia el cuello del guerrero y allí besó, lamió y mordió con suavidad su dura piel, haciendo vibrar cada nervio, cada milímetro de su sensibilidad. A pesar del intensísimo placer sensual, un temor instintivo se vertió en su sangre.

Notaba con increíble fuerza el latido de su pulso en las venas. Un sonido que iba creciendo como un cántico, como una tormenta, fuera de todo control.

Su instinto de supervivencia, altamente desarrollado, le gritaba que estaba en grave peligro pero ya era .demasiado tarde porque los afilados colmillos de la mujer estaban ya perforando su piel y llegando a su yugular. Ahora bebía de él, con avidez, como de una fuente de la vida. Succionaba el torrente cálido de su sangre, arrebatándole su esencia, con el placer infinito de un monstruo.
Asdrúbal estaba totalmente paralizado e indefenso en manos de aquella mujer como lo estaría un niño en poder de una fiera. Sentía un placer inmenso y una cercanía brutal, un contacto muy intimo con aquel ser que le arrebataba la sangre, aunque notaba que la vida le abandonaba a cada sorbo.

En su último pensamiento cuerdo fue consciente de que se estaba muriendo.....





CAPITULO II
En los brazos de aquel monstruo en forma de mujer, Asdrúbal estaba muriendo. Lo sentía en su interior con la certeza con que nos damos cuenta de las verdades absolutas. Tan cierto como que el alba sigue a la noche. A pesar de ello no sentía el menor temor. Una pequeña parte de su mente seguía funcionando y pensó que seguramente ese demonio en forma femenina había anulado con brujería sus defensas, dándole esa falsa sensación de felicidad, de plenitud. Pero daba igual porque lo único que importaba es que no quería separarse nunca -aunque pudiera- del contacto de su asesina.

La realidad es que un placer abrumador por su intensidad, un placer a todas luces sexual, pero que nunca había conocido en esa total intensidad, le invadía y sabía reconocerlo, ya lo creo, pensó, ya que él había gozado de su cuerpo y de todas las formas posibles de amar en sus múltiples variantes, de un modo que pocos hombres de 25 años habían disfrutado. Se estremeció y sintió sus fuerzas flaquear definitivamente mientras la mayor parte del torrente cálido de su sangre se vertía y era succionado por la ávida boca de su verdugo.

Empezó a tener visiones, a recordar toda su vida en fragmentos que corrían rápidos como el viento, más rápidos que cualquiera de las fabulosas monturas que el había poseído. . Vio otra vez el rostro encantador de su madre muerta sonriéndole en el jardín de su casa, mientras jugaban a atrapar mariposas. Se vio a si mismo cabalgando a lomos de Tika, la primera yegua que tuvo, aquella que le regaló su padre por su sexto cumpleaños. Volvió a sentir como le enlazaban los suaves muslos morenos de Zalia, la primera muchacha que poseyó. Esta ardiente escena se fundió con la visión de una espada que se clavaba con lentitud salvaje en el corazón del primer enemigo del que dio cuenta en la batalla.

Sintió de nuevo la excitación de la guerra, del combate, correr por sus venas, como el mejor de los vinos, mejor que poseer a una mujer. Las escenas de las batallas se sucedieron en un rápido pase ante sus ojos, algunas increíblemente heroicas, otras tan crueles y mezquinas que su solo recuerdo bastaba para varias vidas.

De pronto su captora se apartó bruscamente de él, los colmillos se retiraron de los orificios que habían abierto en sus vena, dejándole de pronto sin apoyo alguno y al borde la muerte. El hubiera caído sin remedio al suelo como un muñeco roto, sino fuera porque ella le sujetó con un brazo aparentemente frágil, pero tan firme como el hierro con el que se forja una espada. Entonces le habló por primera vez y el sonido de su voz se grabó directamente en el alma del guerrero.

- "Asdrúbal, no voy a dejar que mueras".

Al decir estas palabras ella soltó con un gesto grácil el nudo que sujetaba su túnica liviana al hombro, desnudando un seno tan blanco como la nieve y tan perfecto como la más bella de las estatuas que representaban a las Diosas. El la miraba con los ojos nublados, tan débil como un gatito recién nacido. Ahora ella con sus largas uñas había abierto un surco rojo en las venas de su cuello y le ayudaba a acercar los labios a esa herida que destacaba roja entre la piel blanca.

- "Bebe, guerrero, bebe de mi y recupérate. Nacerás de nuevo. Olvidarás la amarga derrota. Vivirás para siempre. Es un regalo que te hago, más debes beber por voluntad propia, no te obligaré a ello. Es tu elección. Bebe o muere "

Los labios de Asdrúbal apenas titubearon un instante y sorbió la sangre que fluía, primero débilmente pero después como si ésta fuera miel y ambrosía, clavándole sus pequeños colmillos, desgarrando su dura piel. La sangre de ella, su sangre deliciosa, turbadora, la sangre de él mezcladas, las dos juntas tan poderosas, tan llenas de visiones y de magia.....

Empezó a ver cosas que no existían, que no estaban ahí, pero que el intuía que eran visiones de ella, cosas que ella había vivido, amado, sentido, odiado, visto, conocido. La sangre de ella era como vino con especias, como el juramento de los guerreros, como la magia más poderosa, como la mejor de las amantes. Sus fuerzas volvían con rapidez, se sentía revivir, con mas fuerza que antes y el había sido un hombre increíblemente duro y fuerte. Pero en realidad había estado muerto, o casi, y ahora no podía dejar de sorber ese elixir de vida.

Con un seco tirón en sus cabellos ella intentó detenerle, pero él no quería soltarla. Ella entonces le apartó con un seco golpe que le envió al suelo. Rápidamente volvió a anudar su túnica y arregló sus cabellos.

Asdrúbal caído en la dulce hierba de los jardines de su padre no podía quitar sus ojos de ella. Algo había cambiado, ella. Estaba de algún modo distinta. Bella, por supuesto, pero la terrible palidez fantasmagórica que había tenido desde que la entrevió por primera vez en el desfile, estaba desapareciendo para mostrar los colores naturales de una muchacha. Rosa pálido en las mejillas, blanco ligeramente dorado en los hombros suaves, rosados los lóbulos de las orejas. La rosa oscura de sus labios era ahora de un grana encendido

Asdrúbal encontró aliento para preguntarle: -"¿Como te llamas?
¿Qué clase de ser eres? ¿Por qué yo?"

Ella rió y su risa cantarina llenó el aire de campanillas de cristal. Le tomó de la mano y le dijo:

- "Soy Crysannia y lo que soy lo irás descubriendo poco a poco porque ahora somos lo mismo".

Escrutando el cielo observó signos que mostraban que el alba estaba a punto de despuntar.

- "Ahora no hay tiempo para explicaciones. Tenemos que buscar refugio, la noche acaba". Le instó con urgencia a seguirla, tomándole de la mano.
Y Asdrúbal la siguió en la noche.....






CAPITULO III
Asdrúbal contemplaba la noche que nacía con sus nuevos ojos, esos ojos vampíricos que le permitían ver la belleza intensa de todas las cosas. Una infinita gama de colores en el cielo nocturno. Pero los cambios no se limitaban a la visión sino que abarcaban todos los sentidos, agrandándolos, afinándolos y dándoles un nuevo sentido. Podía oír la sinfonía de los depredadores nocturnos. El se unía a su canción, formaba parte de todo ello. La Danza de la Muerte resonaba en el bosque con una increíble belleza, porque todo en la naturaleza era una gloriosa mezcla de muerte y vida y se asombraba de no haberlo percibido antes, pero por supuesto los nuevos sonidos de la quietud y del silencio eran sólo perceptibles para unos oídos vampíricos.

La luna ya no era simplemente una esfera plateada sino que relucía con mil colores, igual que un prisma. Resplandecía y tenía vida propia e incluso podía percibir las oleadas de su fuerza cuando el astro estaba en su plenitud. El viento entre las ramas cantaba una canción solo para él y los que eran como él. Asdrúbal estaba totalmente fascinado por el mágico espectáculo de la noche, por la magia perturbadora de las cosas familiares. Era como si hubiera vivido durante toda su vida en otro mundo. Un mundo cuya estructura principal tuviera vagas conexiones con la realidad que vivía ahora pero del cual era sólo un pálido reflejo.

Sentía la presencia de Crysannia cerca de él, vigilándole amparada en las sombras violetas, pero no deseaba que ella se acercara ahora. A perturbarle. Aquel momento era solo suyo. Lo sentía como algo muy íntimo. Su cuerpo físico -el cuerpo del magnífico guerrero que había sido- había muerto y él había nacido de nuevo pero todavía tenía que adaptarse a su nueva situación, controlar sus poderes, cuyo alcance apenas alcanzaba a vislumbrar en su totalidad. Estaban su fuerza sobrehumana., su resistencia a cualquier daño físico que pudieran infringirle. Su capacidad de recuperación y renovación. En realidad, según las explicaciones de Crysannia, la vampira, nada, absolutamente nada podía matarlos, excepto la luz del sol o la desmembración total de su cuerpo, incluida la decapitación, cosa que en todo caso debería hacerse cuando ellos estaban desprotegidos, durante su sueño diurno. Y como se escondían hábilmente bajo tierra durante el día, era muy difícil que les hallaran desprevenidos.

Estaba dispuesto a vivir ahora, a empezar de nuevo y entendía que un mundo nuevo y seguramente aun mejor se abría a sus pies, dada la promesa de inmortalidad que implicaba.. Abandonaría ahora mismo su casa, su ciudad, su gente, pensó sin nostalgia. Marcharía con Crysannia a recorrer el ancho mundo, visitando todos los lugares que le apetecieran, haciendo todas aquellas cosas que siempre le habían parecido imposibles. Ahora incluso podía volar!, -este último pensamiento le arrancó una sonrisa de los fríos labios. Crysannia le estaba enseñando a controlar sus dones y de todos ellos el que mas le maravillaba era ese: poder abandonar el suelo como los pájaros y surcar el aire. Aunque en cierto modo también le aterraba.

Al pensar en ella no pudo evitar una mezcla de sentimientos contradictorios. La amaba, la deseaba, aunque ahora fuera un deseo distinto de la sexualidad que hasta entonces había conocido. Sin embargo no podía evitar un cierto resentimiento hacia ella porque ella le había arrebatado la vida. Para darle la inmortalidad, sí, pero el único hecho cierto es que le había matado y el viejo Asdrúbal no podía olvidar ni perdonar esto..

Ella le había explicado la noche después de su transformación, por qué le había escogido como compañero. Le había contado que se alimentaba de sangre, pero que habitualmente mataba a sus victimas o simplemente se alimentaba de ellas pero sin llegar al límite, como había hecho con él. Y que nunca nunca -hasta entonces- había dado su don a otro ser, nunca había transformado a nadie en vampiro dándole su sangre. Le confesó que le había estado observando desde hacía mucho tiempo, admirando su fuerza y su carácter orgulloso y frío. Le gustaba su contención, su frío dominio, su modo de guardar sus sentimientos en lo más hondo y no hacer ostentación de ellos, lo cual le había hecho ganarse una fama de militar duro e implacable. También admiraba profundamente su inteligencia y su oscuro encanto y esa vena cruel que tenía -como todos los hombres de su familia, pensó él- y que a la parte de depredador de ella la atraía. Le dijo que su raza, la raza de los seres de la noche, era muy antigua y se perdía su origen en el albor de los tiempos.

Crysannia era muy bella, fría como el mármol, perfecta en todos sus detalles y vieja como el tiempo. Tendía a la melancolía. Hacía mas de un siglo que había sido transformada por un monstruo que se escondía en las profundidades subterráneas del templo donde ella era una joven aprendiz de sacerdotisa, en su Fenicia natal. Sin embargo a veces sufría una extraña apatía, como si la vida o la muerte/vida que vivían en realidad, no la motivara lo suficiente, como si todo fuera una comedia largo tiempo interpretada que cansaba. Asdrúbal en cambio tenía hambre de vida. Quería exprimir el mundo, conocer, aprender, viajar, saber, vengarse......si, vengarse.

La idea de la venganza anidaba en su mente desde la amarga derrota que sufrió Cartago en las guerras púnicas y el vergonzoso pacto al que se vieron obligados a llegar con los romanos. El, como joven consejero de Aníbal, había sido contrario a cualquier tipo de pacto. Había razonado brillantemente sus ideas y también las había defendido con pasión, ya que estaba totalmente convencido de que Roma no les daría jamás cuartel y acabaría destruyendo Cartago hasta que no quedara ni el recuerdo de su Imperio sobre la faz de la tierra. El admiraba a Aníbal y Aníbal había sido expulsado de Cartago, enviado al exilio y probablemente puesta su cabeza a precio -en secreto-. El quería hacer pagar a todos los que habían hecho posible tamaña traición a su pueblo. Y lo haría. A pesar de la posible oposición de Crysannia. Asdrúbal se daba cuenta de que Crysannia quería un amante, un compañero, algo que la distrajera del tedio de sus interminables noches... maldito si él, un general cartaginés se convertía en juguete de una vampiresa.

Durante los años que siguieron, Asdrúbal fue el ángel vengador de los cartagineses, aunque su autoría permaneció en el secreto más absoluto. La desgracia parecía perseguir a los políticos, a los senadores, a los personajes públicos que habían abogado por el pacto. Uno de ellos se ahogó misteriosamente en el estanque de su villa. Otro desapareció sin dejar el menor rastro. Un tercero fue descubierto por los criados en su cama, sin una gota de sangre en sus venas, blanco como la tiza, pero sin la menor señal de violencia física, durmiendo en una habitación cerrada por dentro, a la que accedieron los criados echando la puerta abajo. El infortunio pareció recaer principalmente sobre los ciudadanos romanos, pero también sobre muchos nobles cartagineses. En todas esas muertes había un elemento común inquietante por lo inofensivo pero que creaba un lazo de unión entre hechos aparentemente desligados entre si. Al lado de los cuerpos de las victimas se encontraba siempre una rosa roja, una rosa de fuego aterciopelada, abierta, bella en su absoluta perfección, con gotas de rocío temblando en su superficie, como inmensas lagrimas. Reposando como recién cortada a los pies de los muertos.

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