menta húmeda

jueves, 26 de agosto de 2010

LA ROSA Y LA PIEDRA - IV

CAPITULO V

El primer sonido que oyó cuando despertó de su letargo diurno fue la voz de Angharad cantando Greensleaves. Sonrió de placer al oír la conocida melodía. Casi al mismo tiempo sintió la vieja punzada de dolor. Ella estaba allí, sí, no le había abandonado aún y le amaba con un amor que les encerraba en un mágico circulo de dos. De ello estaba completamente seguro. Sin embargo no estaría ahí para siempre, pensó con amargura. Su. Angharad era mortal y siempre lo sería porque él jamás atentaría contra su vida. Era un juramento que había formulado aquella primera noche y Asdrúbal jamás faltó a su palabra. Aunque deseara mas que nada en el mundo mantenerla para siempre a su lado no lo haría a costa de destruir su frágil y maravillosa humanidad.

Saltó ágilmente de su lecho de raso en el sótano de la mansión del Trastévere donde vivían desde hacía ya 25 años. La primera noche que estuvo con ella, allá en Gales, en la vieja posada donde vivía con sus tíos, el se enamoró perdidamente de ella. Por fin, en la oscuridad y el tedio de sus largos años de inmortalidad errante, encontró algo por lo que merecía la pena vivir, seguir en ese mundo cambiante, loco, absurdo, cruel.
La raptó, aunque con su total consentimiento, y surcando media Europa volvió casi a los orígenes, a Italia.

No tenía sentido remover las cenizas de Cartago, sin embargo Italia le era más próxima a un hombre como él que cualquier otro país de Europa. No tuvo necesidad de dar explicaciones a su dulce Angharad, que era una joven extraña. Nunca le hacía preguntas. Le amaba como él la quería a ella y no parecía encontrar nada extraño en la vida que llevaban, ni en el hecho de que su hombre sólo fuera visible después que el sol se hubiera puesto en el horizonte.

Al principio, él que no estaba acostumbrado a amar y desconocía siquiera esa sensación, pensó que ella se sentía atraída por su riqueza y por su poder. Pero no, era algo mas profundo que eso. Angharad vivía en su propio mundo y siempre había vivido en él. La realidad nunca la había tocado. Tal vez era una soñadora, aunque de una especie peculiar que no parecía ignorar que algunas veces la vida era maligna tanto como buena. Que no se sentía horrorizada ante la muerte y que parecía considerar que formaba parte de la vida. Era una persona a la que le interesaban profundamente algunas cosas y en cambio era sorda y ciega a otras, como si no le afectaran. Para ella la música era su modo de comunicarse con los demás y quizá lo que le despertaba sentimientos más profundos y estables. Transmitía sus emociones por medio de su canto, acompañada por su viejo laúd, por una flauta, un arpa o un mandolina.

Amaba a Asdrúbal y se apoyaba en su fuerza, en su carácter misterioso, en sus silencios, en los especiales rituales de amor que llevaban a cabo en la intimidad de su dormitorio y no estaba interesada en las razones que le hacían ser tan diferente de las otras personas. Por otra parte vivían bastante aislados de la sociedad en general y los sirvientes bien pagados y bien tratados eran sirvientes leales. Ella no parecía necesitar otra compañía que la de él. Era suya por elección, no por cualquier conjuro, hechizo, velo o sombra que el Vampiro hubiera lanzado sobre ella.

A esa conclusión llegó con el paso de los años y después de haberle puesto innumerables pruebas y trampas y dado múltiples ocasiones de abandonarle y de seguir viviendo cómodamente y gozando del placer de poder tocar su música y cantar.

Ella había cambiado con el paso del tiempo, perdido un poco la esbeltez que la caracterizaba. Finas arrugas rodeaban sus ojos verde-gris, ojos color de mar, pero no lograban borrar el encanto de su mirada. Sus rojos cabellos seguían tan esplendorosos como siempre, aunque sembrados de finas hebras de plata. En cambio Asdrúbal era el mismo de siempre: un joven guerrero de castaños e hirsutos cabellos y mirada arrogante. Pero dentro del círculo mágico en que los encerraba su amor ellos eran Asdrúbal y Angharad y nada podía separarles ni cambiarla a sus ojos. Podía ver los colores deslumbrantes que desgranaba su voz. Sentir la vibración de su aura cuando el la rodeaba con sus brazos y la besaba. Podía notar como su esencia y la suya se fundía en el abrazo vampírico -siempre un sorbo, siempre cauteloso-

El había encontrado por fin su sitio, porque su sitio era ella.

Pero un día despertó de nuevo y Angharad ya no cantaba. Su cuerpo yacía en el suelo al lado de su viejo laúd, sus cabellos de plata desparramados por el suelo rojizo, como una ofrenda. Ese día Asdrúbal murió de nuevo y lloró lagrimas de sangre que tiñeron su rostro como en una máscara trágica de Carnaval. Enterró a su amor bajo un viejo roble en el jardín de la Mansión del Trastévere y rodeo su tumba de un rosal. Vacío por completo intentó morir dejando que el sol le alcanzara, allí tendido sobre la tumba de ella, pero el sol no fue compasivo y no quiso llevárselo.

Siendo como el era una concha vacía y sintiendo que su chispa vital se había agotado por completo se dejó llevar. Volvió a entrar en su casa y allí, con el paso del tiempo, se convirtió lentamente en piedra, como las viejas leyendas cartaginesas decían que se convertían los guerreros que habían perdido la gracia de los Dioses en la batalla. Al final dejó de ser consciente y solamente era una estatua de un guerrero, allí en el portal de la Casa del Trastévere donde tan felices habían sido. Debajo de la puerta redonda que daba acceso a la casa. La puerta donde él había grabado en un escudo de piedra las rosas y los grifos que fueron antaño el símbolo de los hombres de su familia.

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