menta húmeda

jueves, 26 de agosto de 2010

LA ROSA Y LA PIEDRA - III

Había grupitos animados en cada rincón. Una humanidad sudorosa y no muy limpia pero sonriente, que tomaba cerveza en burdas jarras de madera o vino en sucios barrilitos. El largo mostrador era atendido entre risotadas por la posadera, una mujer entrada en carnes y de escote generoso y por un hombretón alto y rubio, de canosa barba, que probablemente era su esposo.

En una esquina de la estancia había un pequeño escenario de madera, como una tribuna y allí a estaba sentada una joven que tocaba el laúd. La miró sorprendido por la incongruencia de la escena en medio de aquel caos. La muchacha cantaba pero el alboroto de los vocingleros clientes no dejaba que se oyera su canto.

Asdrúbal se abrió paso hacia la tarima sin el menor esfuerzo. Al llegar allí descargó un fuerte puñetazo sobre la madera y su voz resonó en toda la estancia reclamando silencio.

Los ruidos cesaron de golpe y la gente se volvió a mirarle con curiosidad y un cierto resentimiento, sin embargo algo les hizo pronto cambiar de actitud. Al mirarle con atención guardaron silencio y no volvieron a reanudar los gritos, aunque algunos continuaron hablando mas en un tono tan bajo que apenas se oía un murmullo sostenido.

Con una deslumbrante sonrisa galante dirigida a la joven del escenario, Asdrúbal le rogó sin palabras que continuara su canción

La chica era muy joven i iba vestida con una túnica de color castaño. Una nube de sedosos cabellos cobrizos le caía por la espalda, apenas sujetos en la frente por una estrecha cinta de color verde. Asdrúbal miró al fondo de sus ojos color verde mar, ojos de color cambiante, ojos que hablaban de un alma que relucía al menos bajo aquella pobre luz (a Asdrúbal le recordaron el mar de su añorada Cartago). Su pequeño rostro de elfo no tenía nada de particular, en realidad era un compendio de imperfecciones -una boca demasiado carnosa, los ojos enormes y muy separados entre si, innumerables pecas color de oro en el puente de la nariz y en las mejillas color melocotón, nariz respingona y una piel tan pálida que parecía un miembro de su especie-

Pero tras aquel meticuloso examen Asdrúbal llegó a la conclusión de que era irresistible de que estaba llena de vida y tenía algo mejor que belleza. Claro que eso fue antes de escuchar su voz, porque entonces quedó prendado por completo. Nunca había oído una voz de una pureza tan extraordinaria -fuerte y alta y sin embargo que transmitía emociones, pasión, una pátina de tristeza-. Tenía ella un registro que abarcaba todas las notas y sabía subir y mantenerse ahí y seguir subiendo como una marea hasta inundar todos los sentidos, hasta apoderarse de uno. Ella no era gris como la sala, su voz te arrastraba .Tenía turgencia y brillaba con colores y vida propios.

Asdrúbal se dejó llevar por la emoción que vibraba en esa voz, cautivado por la magia de la canción que hablaba de un lugar mas allá del mar, de un amor perdido, de un héroe, de una espada y una maldición, que hablaba de conquistas y de paz.

El aura que rodeaba a la chica con un halo perfecto era de color oro pálido y pulsaba de forma rítmica y constante sin la menor interferencia en su flujo.Todos los seres vivos tenían un aura perfectamente visible que variaba mucho de unos a otros, tanto en color y forma como en intensidad y brillo. Las auras pulsaban o latían, como latía el corazón. Asdrúbal, que cuando era mortal nunca había sido religioso y no creía en los Dioses, pensaba ahora que el aura era la esencia o el alma de las personas. Esa parte que nunca moría y que luego iba a reunirse con sus antepasados en el lugar donde vivían los Antiguos Dioses.

Al terminar su repertorio de delicadas canciones, la joven saludó tímidamente y desapareció, en un revuelo de faldas y pelo rojo, tras una puerta de la taberna. Asdrúbal se disponía abandonar el local a cuando un par de bravucones, en estado de embriaguez total, le cerraron el paso.

- Tú, forastero! -aulló el mas alto, que se apoyaba en su amigo y blandía un pesado garrote- No nos gusta que los extraños vengan aquí a nuestra casa a darnos lecciones -balbuceó, al tiempo que buscaba con la mirada la complicidad de su amigo, el cual asintió varias veces con la cabeza y miró a Asdrúbal con malignidad- les miró tan fría y penetrantemente, con sus ojos grises convertidos en frías piedras y con una sonrisa helada en sus finos labios que los dos borrachos, instintivamente, retrocedieron asustados. Sin embargo cualquier rastro de sensatez o prudencia que tuvieran se los había llevado el vino y eran prisioneros de sus bajos instintos y no podían olfatear el peligro. Y eso que la violencia podía olerse en el aire. El puño de uno de ellos se hubiera estrellado contra la nariz de Asdrúbal si no fuera porque quedó atrapado en el aire en la fuerza insospechada de un brazo de hierro.

Con una rapidez asombrosa y unos movimientos de felino el poseedor de ese brazo rompió con un chasquido -como si fuera leña seca- el brazo de su oponente a la altura del codo y al mismo tiempo, entre los aullidos de dolor de su victima -tan rápido que las miradas de los clientes de la posada no tuvieron tiempo de registrar su movimiento- giró para voltear al otro contendiente y estrellarlo contra la pared de la posada. Sin dar tiempo a reaccionar a la gente que ya se agolpaba, atónita pero al mismo tiempo ansiosa de una buena pelea, recorrió a largas zancadas la distancia que le separaba de la puerta, la abrió y salió imperturbable a la noche.

Cuando los clientes del hostal le siguieron, ya no estaba allí. Parecía que se le había tragado la faz de la tierra.





Encaramado a las ramas más altas de la inmensa encina que bordeaba la posada, Asdrúbal contemplaba la luz amarillenta de una vela flotando en la ventana desde la que podía ver tras la cortina, moverse la silueta de la joven cantora. Flotando en el aire, como el monstruo que era, se ocultó en el tejadillo de madera y paja y desde allí se encaramó al alfeizar de la ventana, apartando las cortinillas. La joven estaba aseándose desnuda delante de un espejo. En el suelo había una jofaina llena de agua. Había dejado caer su larga camisa interior y tenía desparramados sobre los hombros y espalda los largos cabellos cobrizos. Antes de que pudiera lanzar un grito, Asdrúbal estuvo a su lado, cubrió con su mano sus labios y susurró en su oído palabras tranquilizadoras. Un conjuro para serenar su alma y hacerla dócil a sus deseos, a su voluntad de depredador.

Acarició su pelo y lo recogió en lo alto de su cabeza con una mano, mientras con la otra recorría su cuerpo, con una cierta brusquedad. Presionó con los dedos los pezones enhiestos, gozó de su tersura y dureza. Palpó la suavidad de sus pechos y apretó su cuerpo contra el suave trasero redondo, mientras su mano rozaba apenas el delicado vello rojo-dorado del pubis y un dedo inquieto separaba su intimidad humedeciéndola. La chica estaba como en trance, quieta y muda, pero maravillosamente viva. Asdrúbal podía sentir su vida brillar como el mas puro de los fuegos sagrados. Podía oír el latido de su corazón acelerado, notar el pulso en sus finas muñecas, en su delicado cuello. La pulsación de la sangre, el bombeo de su joven corazón, sí, y la sensualidad y ser consciente de la deliciosa excitación que eso le producía. De pronto hambriento de sangre, de la sangre de ella como hacía muchísimos años que no lo estaba de nadie.
Podía beber un poco -pensó- sólo unos sorbos. Lo suficiente para calmar su sed, para saciar su hambre. Sin acabar con su vida, corriendo el velo del olvido para que no recordara nada de esta noche. Y al terminar de poseerla podía dejar caer una sola gota de su poderosa sangre vampírica sobre los dos orificios que sus agudos colmillos dejarían en su cuello, para así borrar cualquier señal de su paso.

La deseaba, la deseaba ardientemente, como no había deseado a mujer alguna desde Crysannia. La deseaba como no había deseado a ninguna de sus victimas, ni de los seres de los cuales se había alimentado. En ocasiones, sobre todo al principio, era solo una necesidad física, tan latente como el hambre en el ser humano, pero luego con el paso del tiempo se dio cuenta que el tomar la sangre de los humanos era lo mas parecido a hacer el amor. Mejor que cualquier otra posesión. Y que era en realidad algo totalmente erótico, intensamente sexual. Poseer a alguien por completo!. Tenerlo en tus manos en cuerpo y alma, en esencia, sentir que podías darle la vida o la muerte. Saber que era tuya o tuyo y que podías hacer lo que desearas porque eras su Dueño absoluto.

Pero como en su vida anterior -esa vida que ahora le parecía idealizada y otras veces solo un pálido reflejo, un espejismo apenas recordado- a veces hacer el amor era Fuego Puro y otras solamente algo parecido a tomar un rico bocado. Asdrúbal nunca había conocido en toda su vida vampírica ninguna emoción que fuera ni remotamente parecida a lo que ahora le hacia sentir esa muchacha, de la que desconocía todo, hasta el nombre.

Dentro de si crecía un sentimiento extraño, inusual por entero en un ser como él. No quería dañarla. No quería causarle el menor daño. Aunque sí quería tocarla con rudeza y hacer lo que le pareciera con ella y beber de ella, poseerla sin ningún miramiento y por entero. No quería ser un monstruo para ella, quería ser un amante. Su vida, la de ella, le parecía preciosa en su fragilidad y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por protegerla, incluso de si mismo.

- ¿Como te llamas? -susurró en su oído, mientras sus labios recorrían su cuello y mordían con fuerza el lóbulo de su oreja

La chica respondió:

- Angharad

- Angharad... -repitió él en voz alta, deseoso de gritar su nombre a los cuatro vientos

Y al decirlo, sujetó con sus manos su barbilla, inmovilizándola, abrazó estrechamente su cuerpo y clavó sus colmillos en la tersa piel poseyéndola.

No hay comentarios:

Publicar un comentario