menta húmeda

jueves, 26 de agosto de 2010

LA ROSA Y LA PIEDRA - II

La gente empezó a murmurar sobre una maldición púnica. Las historias fueron creciendo sin saber de dónde surgían. Se hablaba de un caballero cartaginés que destacó por méritos propios en el combate, cierto joven de noble familia desaparecido hacía mucho tiempo y en el escudo del cual había una rosa abierta, así que la conexión era fácil de establecer. El misterio sin embargo parecía insoluble y todas las protecciones, incluso las artes brujeriles a las que recurrieron muchos en su pánico absoluto, resultaron totalmente infructuosas.

Y la venganza de Asdrúbal siguió y siguió, mientras él caminaba por la mágica noche empapándose de la sangre de los viles, de los asesinos, de los que tenían en su haber muchas cosas por pagar al destino.

Roma, a pesar de ello, prosperaba y crecía en poderío y seguía mirando con inquietud a Cartago, a quien nunca olvidó por completo. Cierto senador romano terminaba siempre cualquier discurso por vano que fuera el tema que tratara, con un:

-Alerta con Cartago!, hasta que Cartago no esté totalmente destruida, Roma no podrá vivir en paz.

Sus discursos iban haciendo su labor de zapa, igual que la gota de agua erosiona lentamente la inflexible roca y forma una perfecta estalactita. Y así llegó el día en que las legiones romanas -a pesar de todas sus promesas, a pesar de no haber la menor provocación por parte de Cartago- se lanzaron sobre sus viejos enemigos, los únicos que habían osado desafiar su poder, y les destruyeron por completo y borraron Cartago de la faz de la Tierra, sembraron sus campos con sal y asesinaron al último de sus hijos.

Asdrúbal cuando se enteró de esto ardió en una ira fría y estuvo a punto de hacer una verdadera masacre en la Roma Imperial. Crysannia que le observaba en silencio, le habló con suavidad.

- ¿Crees que conseguirás algo con mas venganza? ¿Acaso no has visto aún en todos estos años que el odio genera odio y que la venganza es el mas inútil e insípido de los elixires? ¿Te ha servido de algo ser durante largos años la Némesis particular de los hombres que traicionaron a tu pueblo? ¿Les ha servido de algo a ellos, a los tuyos? ¿Puedes devolverles la vida, hacer que Cartago sea la Cartago perfumada que nosotros conocimos?

Asdrúbal abofeteó con fuerza a Crysannia dejando la marca de su mano en la pálida piel de ella. Ella ni pestañeó mirándole fríamente, el rostro convertido en el de una esfinge. El sabía que ella tenía razón y eso le enfurecía, pero su sentido de la verdad le obligó a dejar de lado cualquier intento de venganza. Era hora de continuar su camino por los senderos de la inmortalidad. Pero ese camino lo recorrería solo. Terminó el tiempo de estar junto a Crysannia y así se lo dijo. Ella asintió tristemente.

Asdrúbal miró por última vez el cielo de su ciudad natal -lo único que aun continuaba imperturbable- y emprendió el vuelo.

El futuro no estaba escrito.






CAPITULO IV



Desde lo alto de la herbosa colina Asdrúbal contemplaba el verde valle a sus pies. El crepúsculo había terminado pero los últimos trazos de la luz moribunda teñían aun el cielo de púrpura en la línea del horizonte. Entre los de su especie él era de los que se despertaban pronto del sueño letárgico en que los sumía la luz del día y gozaba especialmente de ello, se consideraba afortunado de ver aun un resto de luz en la noche que nacía.

Con el transcurso de los siglos Asdrúbal no había cambiado en absoluto, al menos aparentemente, pero sin embargo él se sentía totalmente distinto. Su cortos cabellos seguían siendo abundantes y de color castaño, un poco ásperos. Sus ojos grises brillaban aun con toda la fuerza de la juventud, a pesar de que habían transcurrido más de 1000 años mortales desde el día de su "muerte", allá en el lejano jardín de su casa en Cartago. Su cuerpo seguía tan fuerte y musculado -el cuerpo de un atleta, el cuerpo de un guerrero- como era de esperar en un hombre de 25 años que practicaba el duro entrenamiento del soldado

Pero en su interior sí había cambiado, aunque solo él percibiera esos cambios. Su impaciencia, su fuerza vital, su impulsividad, su innata crueldad, su desprecio de la voluntad de los otros, su soberbia y su arrogancia estaban atemperadas por los años vividos, que le habían hecho valorar cosas a las que antes no le había dado la menor importancia. Que le habían transformado, paradójicamente, en alguien más humano y que habían abierto su mente a otros puntos de vista, obligándole a tener en cuenta otros criterios.

Ahora le parecía extraordinariamente valiosa la vida humana. Le conmovían la inocencia, la pureza, la bondad de algunos seres. Como flores exóticas en un Jardín Salvaje. Añoraba su humanidad perdida y las cosas que se fueron con ella (los amaneceres, vivir a la luz del sol, tener hijos, una esposa, llevar una existencia "normal", disfrutar de la compañía y de la camaradería, del amor de otros seres humanos). Ahora entendía por qué los vampiros eran en esencia seres solitarios. Eran los Cazadores de la Noche. Y que la inmortalidad podía ser tanto una maldición como un regalo.

Había recorrido el mundo entero. La caída del Imperio Romano le había dado una lección de humildad y también le había hecho notar la futilidad de las venganzas. Había descubierto muy pronto que los otros vampiros también deseaban desesperadamente la compañía de sus semejantes y que a veces buscaban la única compañía a la que tenían derecho, es decir la de sus compañeros vampíricos. Sin embargo las relaciones entre ellos nunca eran muy duraderas, mirándolo desde luego desde el punto de vista de la inmortalidad. Siempre llegaba un punto en que les atacaba la melancolía por lo que fueron y el frío contacto con otro vampiro no llegaba a darles lo que necesitaban. Muchos vampiros no se ocultaban de la sociedad en la que se movían sino que vivían en medio de la gente, disimulando lo que eran, siendo extraordinariamente cuidadosos. Por supuesto al cabo de un tiempo los hombres descubrían o intuían su secreto y ellos tenían que huir en medio de la noche para salvar la vida. Algunos morían a manos de esos mismos humanos. Otros, hartos de su eterno vagar en la noche y de la sobrecarga de los siglos acumulados y los cambios que no podían asimilar, se "suicidaban" arrojándose al fuego, o se enterraban muy hondo en las entrañas de la tierra -en una especie de vuelta al seno materno- y la locura se apoderaba de ellos, haciéndoles perder toda conciencia de lo que eran o de donde estaban. De estos últimos algunos volvían a la vida, después de largo tiempo de encierro.

Los vampiros mas viejos, entre los que se hallaba Asdrúbal, generalmente se habían "enterrado" al menos una vez .... Y habían renacido.

Ahora se hallaba en Gales, en la Isla de Britannia (seguía llamándola así a pesar de que ahora era Inglaterra), adonde había llegado hacía algunos meses. Hacía mucho tiempo que Crysannia había desaparecido esfumándose para siempre en la noche y ni i sus contactos telepáticos con otras mentes vampíricas, ni sus discretas preguntas habían tenido el menor resultado para averiguar su paradero o simplemente para saber si aún seguía con vida, pero en realidad no le importaba, Crysannia era para él el pasado y estaba enterrado muy profundamente, tan muerto como muerta estaba Cartago.

Gales era un país nuevo, toda la isla lo era. Un lugar verde, lluvioso, de cielos apacibles y grises, poblado de gente de piel clara, celtas. Bárbaros, hubieran dicho los romanos - y ante este ultimo pensamiento sonrió porque a fin de cuenta la púnica maldición había funcionado con sus eternos enemigos-.

La noche caía y las primeras estrellas apenas despuntaban en el cielo cuando se dirigió a la pequeña posada en el valle. Sentía la necesidad de contacto humano. La cuestión de la sed en cambio la tenía controlada ya que, pasados los primeros siglos, el hambre se hacía menos acuciante. No era tanto una cuestión de supervivencia sino un vicio, una pasión secreta, un placer.

Al abrir la puerta el humo acumulado en la sala le sofocó por completo. No cabía ni un alfiler en la estancia. Asdrúbal, embozado en su capa negra, echó hacia atrás su capucha descubriendo sus hirsutos cabellos y miró en derredor especulativamente. La sencilla estructura de madera tenía un piso encima y un techo de paja apelmazada con alguna grasa, a fin de protegerlo de la lluvia, cubría toda la vivienda. Al fondo había una gran chimenea encendida cuyas llamas se reflejaban en las mejillas rubicundas por el vino y la cerveza, que corría a raudales. Toscas mesas de madera estaban distribuidas aquí y allá, sin orden aparente, y largos bancos de madera, parecidos a los de algunas iglesias servían para que los clientes se acomodaran, aunque alguno de ellos dormía su borrachera tirado en el suelo de paja sucia.

Su alma de aristócrata cartaginés se rebeló por un momento ante este rústico cuadro y pensó con desdén: Bárbaros....

Bárbaros si, pero era un pueblo curiosamente vital. Savia nueva. Un nuevo mundo, lleno de gentes con sangre ardiente.

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