menta húmeda

lunes, 19 de julio de 2010

NO TODOS LOS CAMINOS LLEVAN A KATMANDÚ



CAPITULO 1

BETTY

Una vez más el insoportable sonido del despertador. Eso significa que son las 7 de la mañana.

Abro un ojo y en ese momento nebuloso entre el sueño y la vigilia pienso: ¿Me levanto o me doy media vuelta?. No pienso mucho, no vaya a ser que me quede en la cama toda la mañana, y doy dos brincos, con sumo cuidado, no vaya a ser que me levante con el pie izquierdo (!no lo quiera dios!) y atraiga hados funestos sobre mi.
Un día mas, refunfuño mientras me lavo los dientes. Me subo a la báscula en un arranque de valor y, !como no!, he engordado dos kilos ¡ Que horror¡.

Preparo una cafetera, me doy una ducha rápida. El agua cae sobre mi como una maldición bíblica. Me siento fatal. Me enfundo en unos vaqueros y una camisa suelta (ya lo sé, ya lo sé, el viejo truco...), me recojo el pelo en el modo informal que me parece favorecedor y paso la mano por el lomo peludo de Matrix, mi gato. Resopla, pero se frota contra mis piernas. Me tiene tomada la medida, por supuesto. Obedientemente , vacío los froskies en su bol y los devora elegantemente, como si fuera lo que se merece, el condenado gato. Me pregunto quién es el amo de quién.

Tomo mi primera taza de café del día, me quemo la lengua y estoy a punto de mancharme con el café. Mezclo yogur con muesli de frutas. Empiezo el día con un buen desayuno anglosajón, pero estoy convencida de que no me resistiré al habitual bocadillo de media mañana. ¿Así como quiero perder peso?, aunque es más bien una pregunta retórica, tipo “Pepito Grillo”.

Me lanzo a la calle: autobuses desprendiendo humo tóxico, ruido de cláxon por todas partes, coches a toda pastilla, gente dormida, arrastrándose con aire de zombie, con los auriculares puestos, eso sí. Todos vamos hacia el metro. Estoy pensando que un día escribiré mi gran novela y que probablemente el escenario será una estación de metro. Justicia poética. Hora punta. Compro “LA RAZON ”, el quiosquero me hace gestos obscenos con la lengua. Nada de particular. Una mañana como tantas. Estoy aburrida. Mi vida es tan previsible que parece un juego de ordenador. Ni media hora que he salido de casa y ya puedo contarte cómo será mi día, con un espacio para variables de la medida de una micra. ¿Es eso lo que quiero? ¿Para eso se conjuntaron las estrellas y constelaciones el día de mi nacimiento?. Voy a hacer una locura. Quiero vivir sin red, pero, ¿me atrevo?.

El viento absurdo alborota mi pelo, mueve los faldones de mi blusa como si bailaran un hip hop, y mira que normalmente no soporto el viento, pero hoy me hace sentir libre. Libre como un pájaro. De acuerdo, todo un tópico, pero si Shakespeare recurría a ellos, ¿quién soy yo para despreciarlos?. Ni Simone de Beauvoir, ni Montserrat Roig, ni siquiera Agatha Christie, coño. Me gustaría ser Lisbeth Salander, a veces Angelina Jolie, pero sin niños. A veces divago.

Estoy plantada ante el semáforo en rojo, delante de la puerta del gran hotel dónde trabajo. La miro con recelo, como si me acechara una trampa, pero no, no es más que el lugar que me ha acogido durante los últimos tiempos. Una jaula dorada. El dulce maná del día a día. Dónde me gano las lentejas, hablando en plata, y no me ha ido tan mal, pero se acabó. He tomado una decisión: mi vida va a cambiar.

Cruzo en sentido contrario el paso de peatones … al revés, como si me rebobinaran en cámara lenta. Entro en el bar de la esquina. Me siento; como en trance, abro el periódico, noto como si todos los chamanes de la Tierra me guiaran. Cierro los ojos con fuerza y en mi mente un anuncio brilla con luz propia.

“Quieres ser la mujer diez? O quieres ser diez mujeres en una? Atrévete a vivir una experiencia única¡.
Sólo para curiosas dispuestas a crear su vida.”
Apartado de Correos 450.


De repente mi móvil estalla con la ruidosa voz de Amaral aullando “Te necesito”. Mi jefa al otro lado de la línea gritando como si un psico-killer estuviera ensayando con ella las tomas falsas del coleccionista de cadáveres. Corto la comunicación con un sólo gesto grácil de mi pulgar. Me siento radiante. Como si Santi Millán hubiera bailado conmigo, en plena calle, y me hubiera ofrecido un donut.

Hoy es el primer día de mi nueva vida.

Mi mente (rápida como el rayo, fabulosa como la de Superman sin kryptonita al lado) empieza a planificar -que es lo que mejor sé hacer-. Veo con cristalina claridad todo. Me voy a mi banco y amplio el crédito de mi VISA. El empleado no puede ocultar su sonrisa sibilina de malévola satisfacción. Se parece a Fagin, pienso, y creo recordar como en un dejà vu, que tuve esa misma idea no hace mucho, cuando le hablé de ampliar mi hipoteca.

Siguiendo mi linea de actuación, me meto en la red y compro un vuelo barato con destino a Milano. Me dejo caer en un puff, de cuyas profundidades sé que tendré dificultades en escapar, mientras fumo -con remordimientos: fumar mata, ya lo sé, coño!- mi primer cigarrillo del día. Mucho más relajada, me siento flotar en el aire. Estoy orgullosa de mi misma y de mi capacidad de tomar decisiones, pero aun tengo mucho por hacer. Debo estar en el aeropuerto antes de las 8 p.m y tengo que dejar atados un par de cabos de mi vida anterior.

Al poco rato, he colocado un “SE ALQUILA” en el balcón de mi piso, tengo la maleta preparada con lo indispensable (práctica como soy) y mi pobre Matrix está de okupa, destrozando el sofá de mi amiga Sara, que espero no le venda a cualquier restaurante chino antes de mi regreso. Por último, envío un email al apartado de correos misterioso.


En menos de 3 horas he cambiado el curso de mi vida.

jueves, 1 de julio de 2010

Bruna (y la pequeña Arlet)




Sumo Pontífice Inocencio VIII -1484- bula Summis desideratis affectibus:

"Ha llegado a nuestros oídos que gran número de personas de ambos sexos no evitan el fornicar con los demonios, vínculoss y súcubos; y que mediante sus brujerías, hechizos y conjuros, sofocan, extinguen y hacen perecer la fecundidad de las mujeres, la propagación de los animales, la mies de la tierra"

Vallgorguina - Sierra del Montnegre. Víspera de Sant Joan -1607.

BRUNA


Es la víspera de San Juan y me encamino al bosque para recoger albahaca, trébol, saúco y carlina. Y la mejor hierba de todas: el helecho, la hierba de oro. También recogeré romero y tomillo para perfumar mis sábanas, quiero que esta noche te envuelvan en su fragancia, amor, si consigues ganar ese tiempo para mi, para nosotros.

Me suelto el pelo, lo desenredo pesándolo con suavidad con mis dedos, mechón a mechón, y me estremezco al pensar en cómo te gusta, en lo largo que lo tengo, para tu placer, para tu sensual manera de tomarme. Cerca del dolmen, me detengo para trenzar una corona de anémonas y violetas de bosque; la pongo en mi cabeza, un poco ladeada. Sonrío para mi misma y continuo mi camino: una joven mujer sola, vestida de blanco, bajo la noche estrellada. No llevo capa, es la noche más corta del año, solsticio de verano, noche especial, mágica, para los que aun conocemos de la antigua ciencia.

Las cosas han cambiado en Vallgorguina, las gentes tienen miedo (y también hambre). Los ricos son cada vez más avariciosos y quieren poseer más y más, sin darse cuenta de que la tierra no es de nadie y es de todos. De que no pueden explotarla hasta el límite porque se vuelve áspera y no da más. Los pobres viven temerosos de cualquier desgracia de la naturaleza que les haga mas desgraciados, que les quite lo poco que tienen. Y recurren a mi para protegerse, como recurrieron antes a mi madre, a mi abuela, a la madre de mi abuela, a su abuela, y así hasta incontables generaciones.

Les ayudo en mi medida, con todo lo que me enseñaron. Con la vieja fuerza que asimilo de la tierra, que fluye hacia mi. Pero tengo miedo porque percibo los cambios. Los tiempos son distintos, están cambiando, y las que somos como yo estamos a punto de desaparecer.

Nos temen (aunque desconozco la razón). No pueden permitir que les cuestionemos nada, su autoridad, su poder. Pero yo nunca he ambicionado el poder. Sólo le quiero a él, y nunca le tendré porque no es mío (nadie es de nadie, salvo de si mismo).
Esta noche le esperaré en el claro, delante de la Pedra Gelada, tendida en la hierba húmeda. Le daré mi naturaleza, cálida. Me volveré dulce como la miel, con todo lo que me hace sentir.

2

Las voces la despertaron y vio al numeroso grupo de gente que se acercaba. El estaba entre ellos, casi a la cabeza. Llevaban horcas y palos, agitaban las cabezas, murmuraban su nombre. Vio también a la pequeña Arlet, con su camisón blanco, despeinados los rubios cabellos. Estaba llorando. Un hombre vestido de negro, que no era un sacerdote, estaba al mando. Esgrimía un libro en sus manos, al que parecía acunar, como si fuera su bien más preciado.

Bruna no comprendía nada, pero al mismo tiempo no necesitaba palabras para saber que iba a morir esa noche.


3

Al amanecer, su cuerpo no podía más, estaba destrozado. Las cosas que el cerebro humano, que la mente y los corazones más enfermos y retorcidos podía imaginar, las habían ensayado con ella. No podía imaginar que nadie pudiera hacer nada así a otro ser humano, no lo habría creído si se lo hubieran contado. Ya no le quedaba capacidad de sufrimiento, había rebasado con exceso su límite. Recordó con un estremecimiento el instrumento en forma de pera invertida (con un tornillo y una llave de hierro al final) que el hombre de negro había metido en la parte más íntima de su cuerpo. Su rostro impávido, blanco, ni siquiera se había alterado al mover la llave, al dar una vuelta de tuerca (y luego otra, y otra, y otra más) al tornillo, mientras estaba atada, inmóvil, indefensa. Sus entrañas se habían desgarrado. El daño era irreversible, sangraba por dentro.

Lo único peor que eso, fue contemplar el rostro de Guerau, su amante, mientras la torturaban. No quería seguir viviendo. En un mundo así, no había sitio para una mujer como ella.

Los aldeanos -sus vecinos, sus amigos, gente que había compartido con ella- decían que tenía la culpa de la mala cosecha, que les había maldecido con tormentas, que celebraba aquelarresn la Pedra Gelada, junto al dódolmen.adaera verdad, pero era gritar al viento. Era hora de morir. Quería gritarles con su último aliento: "!El hecho de que no podáis ver algo no quiere decir que no exista!".


HOY

TXELL

Cuando paseo por Vallgorguina no puedo dejar de ir hasta las viejas piedras, esas piedras ennegrecidas, erosionadas, calcinadas. Testigos mudos de la barbarie y de una época oscura. Puedo percibir en el aire el olor acre del humo. Veo en mi imaginación lo que ocurrió. De noche no puedo acercarme al lugar dónde encendieron las hogueras. No tocaría jamás las piedras. Nunca. No sé lo que llegaría a percibir (Bruna, Arlet). ¿Será verdad que guardan los objetos un resto de memoria de lo que ocurrió?. No me arriesgaré a averiguarlo.

En la vida hay demasiadas cosas que no vemos. Como un inmenso iceberg nos enseña un parte y nos oculta la mayoría de su superficie. El hecho de que no podamos ver algo, no quiere decir que eso no exista. La rana tiene un espectro de visión mas limitado que el nuestro. Antes de la teoría de Einstein nadie hablaba del espacio curvo, ni del tiempo como cuarta dimensión, pero existían. Yo creo en cosas que no tienen un fundamento físico. Creo en mis presentimientos. En mis intuiciones. En mis simpatías y antipatías. Creo en mi vocecita interior. Creo que hay personas que ven más que yo, que sienten más que yo y, por supuesto, hay personas que saben mas que yo.

Creo en la magia. Creo en los ciclos de la naturaleza y que esos ciclos marcan cambios sutiles, en todas las cosas vivas.

Es bueno vivir acorde con lo que nos rodea, empatizar con el mundo rural y con los ciclos naturales. Por supuesto que la mayoría vivimos de espaldas a un mundo del que somos usufructuarios, nunca propietarios, olvidando sus lecciones. Borrando todo rastro de la vieja ciencia, de la vieja sabiduría de los que nos precedieron.



Las denominadas Brujas, fueron casi sin excepción, mujeres que vivieron de acuerdo con la naturaleza, buscando y utilizando viejos remedios. Sin confiar en el poder exclusivo de las religiones y creyendo en una ciencia más antigua. Otras fueron unas rebeldes de su tiempo, mujeres que buscaban la libertad en los bosques. Libertad del corsé puritano que las oprimía. Libertad para bailar, para beber, para cantar, para creer en lo que les apetecería, para gozar de su sexualidad sin falsas hipocresías. Otras no fueron Brujas ni siquiera de nombre, sino víctimas de envidias ajenas, de intereses, de mezquindades, de venganzas. O peones en la Cruzada de la Inquisición.

Pero algo las unificó porque la mayoría de ellas fueron quemadas en las hogueras encendidas por "la Santa Inquisición". Fuegos levantados por los hombres de Simón de Montfort, u otros de parecida calaña. Por ángeles de fría mirada, pálidos rostros y austeras vestiduras. Gentes sin piedad, que decían estar en posesión de la Verdad Única.

Algunas brujas se salvaron de la hoguera, pero no de los tormentos a los que las sometieron sus inquisidores, en su ansia de hacerles reconocer que habían vendido su alma al Diablo y habían entregado su cuerpo a Satanás y sus secuaces, en innombrables orgías, cuya descripción, probablemente, ponía caliente a los envarados atormentadores.

Por supuesto, una vez habían confesado, se las mataba igualmente. Eso si, de forma mas piadosa. Morían ahorcadas.

Todo esto es historia antigua y las cenizas de la ultima de ellas hace tiempo que fueron esparcidas al viento, los patíbulos desmontados, los Tribunales desposeídos de su autoridad religiosa.

Aun así, yo sigo oliendo el humo en Vallgorguina y jamás tocaré esas piedras.

Pero algunas veces paseo por allí, sobre todo al atardecer y al volver a casa, dejo algunos dientes de león en el suelo, como una pequeña ofrenda: la promesa de una nieta a su antepasada.