menta húmeda

domingo, 5 de septiembre de 2010

LLUVIA




La lluvia cae dulcemente sobre mi ciudad borrando sus limites. En mi horizonte han desaparecido las murallas verde azuladas que aprisionan habitualmente el circulo de tejados, de antenas, de gruas gigantes, que abarca mi visión

Cielo y tierra se confunden en un gris infinito, nubes envueltas en bruma descargan gotas invisibles. Mirando por mi ventana soy consciente de que llueve por la humedad reluciente que está en todas partes.

Canturreo en mi interior:


"Dios de la lluvia apiadate, de las bestias y de mi. Vino tu llanto a redimir un mundo polvoriento y gris, hecho a medida del triste de ti

... dejé a mi niña, dulce abril, entre aire de fresas y carmín, se desdibuja en mi memoria, la umbría vereda que tantas veces recorri
...
Rie mi niña! flotando en el suelo!. Dios de la lluvia, devuelveme al ayer
...
Entre los campos verdes de abril, lejos del mundo, muy cerca de ti. Dios de la lluvia abrazame y bajo tus nubes volveré a considerar, las múltiples formas de besar, el aire bañado en tu perfume singular..."

...

Y me dejo envolver en esta dulce melancolía y pienso si la tristeza es consustancial al ser humano.

No lo sé, pero a veces siento un dolor que no se expresar con palabras y me alegra que el cielo llore cuando estoy asi.

Podríamos disfrutar del calor del sol si no estuviéramos a veces "envueltos en brumas"?

Mi esencia camina esta tarde como un fantasma plateado, entre helechos y agua de lluvia.

viernes, 3 de septiembre de 2010

OJOS VERDES




OJOS VERDES

Un buen amigo me ha dedicado un artículo en su blog. La verdad es que me ha emocionado y al mismo tiempo me han dado ganas de esconderme en cualquier rincón. Siempre me sorprende verme reflejada en los ojos de los otros.

Ojos: reflejo del alma, según algunos (permitidme divagar un poco después de mi vuelta de vacaciones). Espejo donde nos vemos reflejados, según otros. Hitchcock tenía la originalidad de hacernos mirar a través de los cristales de unas gafas caídas en el suelo.

Miradas que calan hasta lo mas hondo...
Miradas vacías de muñeca con ojos de cristal...
Miradas que despiertan en ti deseos de morir...
Miradas por las que podrías bajar a los infiernos...

Los ojos verdes siempre han tenido una especial fascinación. Muchos poetas se han ocupado de los ojos de ese color, por ejemplo Bécquer:

“Porque tienes niña los ojos verdes como el mar, te quejas.
Verdes los tienen las náyades.
Verdes los tuvo Minerva.
Y son verdes también los ojos de las huríes del profeta”.

(aunque, con sinceridad, Bécquer no es uno de mis preferidos, al menos como poeta, aunque si adoro sus leyendas)

Quizá ese embrujo se debe a que pocas personas tienen realmente los ojos de ese color. Hay ojos de color verdoso (como los míos), pero que están mezclados con otros tonos -en mi caso castaño o pardo-.


Este tipo de color varia mucho. Si estás a la vera del mar, por alguna extraña razón, se vuelven más verdes, como si se impregnarán de su color. Si lloras, se vuelven de un verde acuoso. Las lágrimas arrastran todo el matiz ocre. Pero en ocasiones, son oscuros como la noche, sin rastro de primavera en la mirada.

Esto viene a cuento de que a este amigo del que hablaba al principio (Dios! como se me va la olla!) le comenté que me había sorprendido profundamente leer algo que había escrito en su blog referente a unos ojos verdes pertenecientes a una amiga común. Me gustó la intensidad de sus palabras, pero también su forma escueta, clara, de expresarse, sin ñoñerías.

Una vez vi un cuadro medieval antiguo -era mas bien un medallón o un camafeo- en el que aparecia el rostro de una figura femenina (aunque también podía ser un ángel). Era de una rara perfección, llena de defectos que no eran tales: la frente demasiado despejada, los ojos -verdes- demasiado separados entre si, la boca -como un capullo de rosa- pequeñita, como haciendo pucheros. El conjunto tenia una fuerza inaudita. Podías imaginar que era la encarnación de una autentica ninfa de los bosques, materializada por el tiempo suficiente para que el pintor reprodujera sus rasgos delicados allí.

En mi próxima reencarnación me pido unos ojos de ese color.

Feliz regreso a todos.

Carpe Diem, amigos.

jueves, 26 de agosto de 2010

LA ROSA Y LA PIEDRA - FINAL








7,30 AM
ROMA, Barrio del Trastévere, 10 de agosto de 2001



Alex se despertó sobresaltado, con el corazón latiendo tan fuerte en su pecho que parecía que lo tenía en la boca. !Dios!, que sueño tan extraño había tenido. Lo recordaba todo: Cartago, Asdrúbal, la mujer y su suave piel blanca. La venganza. Angharad.
¿Cómo era posible que hubiera imaginado un sueño tan elaborado y tan complejo? Se incorporó totalmente en el saco de dormir y bajó la cremallera, sacudiendo sus rebeldes cabellos. Palpó con las manos hasta encontrar la linterna, sabía que estaba cerca a su lado. La encendió y la fría luz eléctrica iluminó la vieja casa en ruinas en la que se había refugiado la noche anterior.

Estaba en las últimas y no tenía dinero para gastar en un albergue, ni en una mísera pensión. Pensó que por una noche podría dormir en cualquier parque o cualquier rincón de la vieja Roma, y entonces fue cuando se encontró ante las ruinas de aquella casa. Le pareció que podía ser un refugio confortable, un lugar que quedaba aislado y que no era de fácil acceso. En cierto modo le parecía que era como correr una aventura (aunque sabía que sus padres hubieran puesto el grito en el cielo).

Así que entró, exploró un poco y encontró una habitación que no estaba tan en mal estado como las otras. Aun se veían restos de una pintura azul en las paredes y no tenía ventanas que dieran a la calle sino que daban al jardín, desde el cual se podía ver un inmenso roble, rodeado de rosas. Un jardín salvaje pero aun hermoso, pensó.

Hum... el sueño volvía a su cabeza con un realismo increíble. Tenía en su mente la imagen de Asdrúbal: alto, fuerte, arrogante, con sus cortos cabellos castaños y sus ojos color gris piedra. También estaba ahí la muchacha del pelo rojo y la otra.... la pálida mujer encapuchada. Se frotó los ojos y se rió de si mismo ¿empezaría a creer ahora en fantasmas e historias descabelladas de vampiros? Sacó una lata de Red-Bull de su mochila y la apuró a grandes sorbos, mientras comía unas oreo bañadas en chocolate. Sintiéndose mucho mejor, recogió sus cosas y se dispuso a salir de la casa.

Al llegar a la entrada se fijó en una estatua de piedra, muy deteriorada que había al lado de la puerta. No recordaba haberla visto la noche anterior al entrar allí, sin embargo a la fría luz de la mañana que se filtraba por las rendijas de la puerta, era perfectamente visible. Se plantó delante estremeciéndose. Se trataba de la estatua de tamaño natural de un guerrero, vestido con una túnica corta y calzado con botas militares. El casco no parecía el típico casco romano (Asdrúbal, le repetía su mente, de forma intuitiva).

Al borde de un ataque de nervios, sólo podía pensar en salir, así que empujó la balda y abrió la puerta deseoso de estar a la luz del día una vez más y de dejar la penumbra que le envolvía y empezaba a pesarle como una losa. Aquella casa empezaba a darle escalofríos, aunque todo fuera producto de su imaginación de adolescente y de una indigestión de oreo y coca cola.

Con rápidas zancadas se plantó en el jardín y estaba a punto de cruzarlo y saltar la verja, sin mirar hacia atrás, cuando un impulso irresistible le hizo darse la vuelta.
Era como si un fuerte brazo se hubiera posado en su hombro y le hubiera hecho girarse a la fuerza.

Bajo los primeros rayos del sol de la mañana, que acariciaban ahora tímidamente su superficie, pudo ver bien la fachada de la casa. Encima de la puerta, justamente encima, había un escudo de armas grabado en piedra.

Un escudo que contenía rosas rojas. Un escudo parecido al que se mencionaba en su sueño.

Demasiadas coincidencias......

La luz del sol iluminó las rosas del escudo y bajó por la puerta y Alex sabía -aunque no lo veía- que la luz resbalaba ahora sobre la estatua de piedra del soldado (la estatua de Asdrúbal... decía su vocecita interior)

Rosas, piedras, rosas en un tumba....

¿Un sueño?.

LA ROSA Y LA PIEDRA - IV

CAPITULO V

El primer sonido que oyó cuando despertó de su letargo diurno fue la voz de Angharad cantando Greensleaves. Sonrió de placer al oír la conocida melodía. Casi al mismo tiempo sintió la vieja punzada de dolor. Ella estaba allí, sí, no le había abandonado aún y le amaba con un amor que les encerraba en un mágico circulo de dos. De ello estaba completamente seguro. Sin embargo no estaría ahí para siempre, pensó con amargura. Su. Angharad era mortal y siempre lo sería porque él jamás atentaría contra su vida. Era un juramento que había formulado aquella primera noche y Asdrúbal jamás faltó a su palabra. Aunque deseara mas que nada en el mundo mantenerla para siempre a su lado no lo haría a costa de destruir su frágil y maravillosa humanidad.

Saltó ágilmente de su lecho de raso en el sótano de la mansión del Trastévere donde vivían desde hacía ya 25 años. La primera noche que estuvo con ella, allá en Gales, en la vieja posada donde vivía con sus tíos, el se enamoró perdidamente de ella. Por fin, en la oscuridad y el tedio de sus largos años de inmortalidad errante, encontró algo por lo que merecía la pena vivir, seguir en ese mundo cambiante, loco, absurdo, cruel.
La raptó, aunque con su total consentimiento, y surcando media Europa volvió casi a los orígenes, a Italia.

No tenía sentido remover las cenizas de Cartago, sin embargo Italia le era más próxima a un hombre como él que cualquier otro país de Europa. No tuvo necesidad de dar explicaciones a su dulce Angharad, que era una joven extraña. Nunca le hacía preguntas. Le amaba como él la quería a ella y no parecía encontrar nada extraño en la vida que llevaban, ni en el hecho de que su hombre sólo fuera visible después que el sol se hubiera puesto en el horizonte.

Al principio, él que no estaba acostumbrado a amar y desconocía siquiera esa sensación, pensó que ella se sentía atraída por su riqueza y por su poder. Pero no, era algo mas profundo que eso. Angharad vivía en su propio mundo y siempre había vivido en él. La realidad nunca la había tocado. Tal vez era una soñadora, aunque de una especie peculiar que no parecía ignorar que algunas veces la vida era maligna tanto como buena. Que no se sentía horrorizada ante la muerte y que parecía considerar que formaba parte de la vida. Era una persona a la que le interesaban profundamente algunas cosas y en cambio era sorda y ciega a otras, como si no le afectaran. Para ella la música era su modo de comunicarse con los demás y quizá lo que le despertaba sentimientos más profundos y estables. Transmitía sus emociones por medio de su canto, acompañada por su viejo laúd, por una flauta, un arpa o un mandolina.

Amaba a Asdrúbal y se apoyaba en su fuerza, en su carácter misterioso, en sus silencios, en los especiales rituales de amor que llevaban a cabo en la intimidad de su dormitorio y no estaba interesada en las razones que le hacían ser tan diferente de las otras personas. Por otra parte vivían bastante aislados de la sociedad en general y los sirvientes bien pagados y bien tratados eran sirvientes leales. Ella no parecía necesitar otra compañía que la de él. Era suya por elección, no por cualquier conjuro, hechizo, velo o sombra que el Vampiro hubiera lanzado sobre ella.

A esa conclusión llegó con el paso de los años y después de haberle puesto innumerables pruebas y trampas y dado múltiples ocasiones de abandonarle y de seguir viviendo cómodamente y gozando del placer de poder tocar su música y cantar.

Ella había cambiado con el paso del tiempo, perdido un poco la esbeltez que la caracterizaba. Finas arrugas rodeaban sus ojos verde-gris, ojos color de mar, pero no lograban borrar el encanto de su mirada. Sus rojos cabellos seguían tan esplendorosos como siempre, aunque sembrados de finas hebras de plata. En cambio Asdrúbal era el mismo de siempre: un joven guerrero de castaños e hirsutos cabellos y mirada arrogante. Pero dentro del círculo mágico en que los encerraba su amor ellos eran Asdrúbal y Angharad y nada podía separarles ni cambiarla a sus ojos. Podía ver los colores deslumbrantes que desgranaba su voz. Sentir la vibración de su aura cuando el la rodeaba con sus brazos y la besaba. Podía notar como su esencia y la suya se fundía en el abrazo vampírico -siempre un sorbo, siempre cauteloso-

El había encontrado por fin su sitio, porque su sitio era ella.

Pero un día despertó de nuevo y Angharad ya no cantaba. Su cuerpo yacía en el suelo al lado de su viejo laúd, sus cabellos de plata desparramados por el suelo rojizo, como una ofrenda. Ese día Asdrúbal murió de nuevo y lloró lagrimas de sangre que tiñeron su rostro como en una máscara trágica de Carnaval. Enterró a su amor bajo un viejo roble en el jardín de la Mansión del Trastévere y rodeo su tumba de un rosal. Vacío por completo intentó morir dejando que el sol le alcanzara, allí tendido sobre la tumba de ella, pero el sol no fue compasivo y no quiso llevárselo.

Siendo como el era una concha vacía y sintiendo que su chispa vital se había agotado por completo se dejó llevar. Volvió a entrar en su casa y allí, con el paso del tiempo, se convirtió lentamente en piedra, como las viejas leyendas cartaginesas decían que se convertían los guerreros que habían perdido la gracia de los Dioses en la batalla. Al final dejó de ser consciente y solamente era una estatua de un guerrero, allí en el portal de la Casa del Trastévere donde tan felices habían sido. Debajo de la puerta redonda que daba acceso a la casa. La puerta donde él había grabado en un escudo de piedra las rosas y los grifos que fueron antaño el símbolo de los hombres de su familia.

LA ROSA Y LA PIEDRA - III

Había grupitos animados en cada rincón. Una humanidad sudorosa y no muy limpia pero sonriente, que tomaba cerveza en burdas jarras de madera o vino en sucios barrilitos. El largo mostrador era atendido entre risotadas por la posadera, una mujer entrada en carnes y de escote generoso y por un hombretón alto y rubio, de canosa barba, que probablemente era su esposo.

En una esquina de la estancia había un pequeño escenario de madera, como una tribuna y allí a estaba sentada una joven que tocaba el laúd. La miró sorprendido por la incongruencia de la escena en medio de aquel caos. La muchacha cantaba pero el alboroto de los vocingleros clientes no dejaba que se oyera su canto.

Asdrúbal se abrió paso hacia la tarima sin el menor esfuerzo. Al llegar allí descargó un fuerte puñetazo sobre la madera y su voz resonó en toda la estancia reclamando silencio.

Los ruidos cesaron de golpe y la gente se volvió a mirarle con curiosidad y un cierto resentimiento, sin embargo algo les hizo pronto cambiar de actitud. Al mirarle con atención guardaron silencio y no volvieron a reanudar los gritos, aunque algunos continuaron hablando mas en un tono tan bajo que apenas se oía un murmullo sostenido.

Con una deslumbrante sonrisa galante dirigida a la joven del escenario, Asdrúbal le rogó sin palabras que continuara su canción

La chica era muy joven i iba vestida con una túnica de color castaño. Una nube de sedosos cabellos cobrizos le caía por la espalda, apenas sujetos en la frente por una estrecha cinta de color verde. Asdrúbal miró al fondo de sus ojos color verde mar, ojos de color cambiante, ojos que hablaban de un alma que relucía al menos bajo aquella pobre luz (a Asdrúbal le recordaron el mar de su añorada Cartago). Su pequeño rostro de elfo no tenía nada de particular, en realidad era un compendio de imperfecciones -una boca demasiado carnosa, los ojos enormes y muy separados entre si, innumerables pecas color de oro en el puente de la nariz y en las mejillas color melocotón, nariz respingona y una piel tan pálida que parecía un miembro de su especie-

Pero tras aquel meticuloso examen Asdrúbal llegó a la conclusión de que era irresistible de que estaba llena de vida y tenía algo mejor que belleza. Claro que eso fue antes de escuchar su voz, porque entonces quedó prendado por completo. Nunca había oído una voz de una pureza tan extraordinaria -fuerte y alta y sin embargo que transmitía emociones, pasión, una pátina de tristeza-. Tenía ella un registro que abarcaba todas las notas y sabía subir y mantenerse ahí y seguir subiendo como una marea hasta inundar todos los sentidos, hasta apoderarse de uno. Ella no era gris como la sala, su voz te arrastraba .Tenía turgencia y brillaba con colores y vida propios.

Asdrúbal se dejó llevar por la emoción que vibraba en esa voz, cautivado por la magia de la canción que hablaba de un lugar mas allá del mar, de un amor perdido, de un héroe, de una espada y una maldición, que hablaba de conquistas y de paz.

El aura que rodeaba a la chica con un halo perfecto era de color oro pálido y pulsaba de forma rítmica y constante sin la menor interferencia en su flujo.Todos los seres vivos tenían un aura perfectamente visible que variaba mucho de unos a otros, tanto en color y forma como en intensidad y brillo. Las auras pulsaban o latían, como latía el corazón. Asdrúbal, que cuando era mortal nunca había sido religioso y no creía en los Dioses, pensaba ahora que el aura era la esencia o el alma de las personas. Esa parte que nunca moría y que luego iba a reunirse con sus antepasados en el lugar donde vivían los Antiguos Dioses.

Al terminar su repertorio de delicadas canciones, la joven saludó tímidamente y desapareció, en un revuelo de faldas y pelo rojo, tras una puerta de la taberna. Asdrúbal se disponía abandonar el local a cuando un par de bravucones, en estado de embriaguez total, le cerraron el paso.

- Tú, forastero! -aulló el mas alto, que se apoyaba en su amigo y blandía un pesado garrote- No nos gusta que los extraños vengan aquí a nuestra casa a darnos lecciones -balbuceó, al tiempo que buscaba con la mirada la complicidad de su amigo, el cual asintió varias veces con la cabeza y miró a Asdrúbal con malignidad- les miró tan fría y penetrantemente, con sus ojos grises convertidos en frías piedras y con una sonrisa helada en sus finos labios que los dos borrachos, instintivamente, retrocedieron asustados. Sin embargo cualquier rastro de sensatez o prudencia que tuvieran se los había llevado el vino y eran prisioneros de sus bajos instintos y no podían olfatear el peligro. Y eso que la violencia podía olerse en el aire. El puño de uno de ellos se hubiera estrellado contra la nariz de Asdrúbal si no fuera porque quedó atrapado en el aire en la fuerza insospechada de un brazo de hierro.

Con una rapidez asombrosa y unos movimientos de felino el poseedor de ese brazo rompió con un chasquido -como si fuera leña seca- el brazo de su oponente a la altura del codo y al mismo tiempo, entre los aullidos de dolor de su victima -tan rápido que las miradas de los clientes de la posada no tuvieron tiempo de registrar su movimiento- giró para voltear al otro contendiente y estrellarlo contra la pared de la posada. Sin dar tiempo a reaccionar a la gente que ya se agolpaba, atónita pero al mismo tiempo ansiosa de una buena pelea, recorrió a largas zancadas la distancia que le separaba de la puerta, la abrió y salió imperturbable a la noche.

Cuando los clientes del hostal le siguieron, ya no estaba allí. Parecía que se le había tragado la faz de la tierra.





Encaramado a las ramas más altas de la inmensa encina que bordeaba la posada, Asdrúbal contemplaba la luz amarillenta de una vela flotando en la ventana desde la que podía ver tras la cortina, moverse la silueta de la joven cantora. Flotando en el aire, como el monstruo que era, se ocultó en el tejadillo de madera y paja y desde allí se encaramó al alfeizar de la ventana, apartando las cortinillas. La joven estaba aseándose desnuda delante de un espejo. En el suelo había una jofaina llena de agua. Había dejado caer su larga camisa interior y tenía desparramados sobre los hombros y espalda los largos cabellos cobrizos. Antes de que pudiera lanzar un grito, Asdrúbal estuvo a su lado, cubrió con su mano sus labios y susurró en su oído palabras tranquilizadoras. Un conjuro para serenar su alma y hacerla dócil a sus deseos, a su voluntad de depredador.

Acarició su pelo y lo recogió en lo alto de su cabeza con una mano, mientras con la otra recorría su cuerpo, con una cierta brusquedad. Presionó con los dedos los pezones enhiestos, gozó de su tersura y dureza. Palpó la suavidad de sus pechos y apretó su cuerpo contra el suave trasero redondo, mientras su mano rozaba apenas el delicado vello rojo-dorado del pubis y un dedo inquieto separaba su intimidad humedeciéndola. La chica estaba como en trance, quieta y muda, pero maravillosamente viva. Asdrúbal podía sentir su vida brillar como el mas puro de los fuegos sagrados. Podía oír el latido de su corazón acelerado, notar el pulso en sus finas muñecas, en su delicado cuello. La pulsación de la sangre, el bombeo de su joven corazón, sí, y la sensualidad y ser consciente de la deliciosa excitación que eso le producía. De pronto hambriento de sangre, de la sangre de ella como hacía muchísimos años que no lo estaba de nadie.
Podía beber un poco -pensó- sólo unos sorbos. Lo suficiente para calmar su sed, para saciar su hambre. Sin acabar con su vida, corriendo el velo del olvido para que no recordara nada de esta noche. Y al terminar de poseerla podía dejar caer una sola gota de su poderosa sangre vampírica sobre los dos orificios que sus agudos colmillos dejarían en su cuello, para así borrar cualquier señal de su paso.

La deseaba, la deseaba ardientemente, como no había deseado a mujer alguna desde Crysannia. La deseaba como no había deseado a ninguna de sus victimas, ni de los seres de los cuales se había alimentado. En ocasiones, sobre todo al principio, era solo una necesidad física, tan latente como el hambre en el ser humano, pero luego con el paso del tiempo se dio cuenta que el tomar la sangre de los humanos era lo mas parecido a hacer el amor. Mejor que cualquier otra posesión. Y que era en realidad algo totalmente erótico, intensamente sexual. Poseer a alguien por completo!. Tenerlo en tus manos en cuerpo y alma, en esencia, sentir que podías darle la vida o la muerte. Saber que era tuya o tuyo y que podías hacer lo que desearas porque eras su Dueño absoluto.

Pero como en su vida anterior -esa vida que ahora le parecía idealizada y otras veces solo un pálido reflejo, un espejismo apenas recordado- a veces hacer el amor era Fuego Puro y otras solamente algo parecido a tomar un rico bocado. Asdrúbal nunca había conocido en toda su vida vampírica ninguna emoción que fuera ni remotamente parecida a lo que ahora le hacia sentir esa muchacha, de la que desconocía todo, hasta el nombre.

Dentro de si crecía un sentimiento extraño, inusual por entero en un ser como él. No quería dañarla. No quería causarle el menor daño. Aunque sí quería tocarla con rudeza y hacer lo que le pareciera con ella y beber de ella, poseerla sin ningún miramiento y por entero. No quería ser un monstruo para ella, quería ser un amante. Su vida, la de ella, le parecía preciosa en su fragilidad y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por protegerla, incluso de si mismo.

- ¿Como te llamas? -susurró en su oído, mientras sus labios recorrían su cuello y mordían con fuerza el lóbulo de su oreja

La chica respondió:

- Angharad

- Angharad... -repitió él en voz alta, deseoso de gritar su nombre a los cuatro vientos

Y al decirlo, sujetó con sus manos su barbilla, inmovilizándola, abrazó estrechamente su cuerpo y clavó sus colmillos en la tersa piel poseyéndola.

LA ROSA Y LA PIEDRA - II

La gente empezó a murmurar sobre una maldición púnica. Las historias fueron creciendo sin saber de dónde surgían. Se hablaba de un caballero cartaginés que destacó por méritos propios en el combate, cierto joven de noble familia desaparecido hacía mucho tiempo y en el escudo del cual había una rosa abierta, así que la conexión era fácil de establecer. El misterio sin embargo parecía insoluble y todas las protecciones, incluso las artes brujeriles a las que recurrieron muchos en su pánico absoluto, resultaron totalmente infructuosas.

Y la venganza de Asdrúbal siguió y siguió, mientras él caminaba por la mágica noche empapándose de la sangre de los viles, de los asesinos, de los que tenían en su haber muchas cosas por pagar al destino.

Roma, a pesar de ello, prosperaba y crecía en poderío y seguía mirando con inquietud a Cartago, a quien nunca olvidó por completo. Cierto senador romano terminaba siempre cualquier discurso por vano que fuera el tema que tratara, con un:

-Alerta con Cartago!, hasta que Cartago no esté totalmente destruida, Roma no podrá vivir en paz.

Sus discursos iban haciendo su labor de zapa, igual que la gota de agua erosiona lentamente la inflexible roca y forma una perfecta estalactita. Y así llegó el día en que las legiones romanas -a pesar de todas sus promesas, a pesar de no haber la menor provocación por parte de Cartago- se lanzaron sobre sus viejos enemigos, los únicos que habían osado desafiar su poder, y les destruyeron por completo y borraron Cartago de la faz de la Tierra, sembraron sus campos con sal y asesinaron al último de sus hijos.

Asdrúbal cuando se enteró de esto ardió en una ira fría y estuvo a punto de hacer una verdadera masacre en la Roma Imperial. Crysannia que le observaba en silencio, le habló con suavidad.

- ¿Crees que conseguirás algo con mas venganza? ¿Acaso no has visto aún en todos estos años que el odio genera odio y que la venganza es el mas inútil e insípido de los elixires? ¿Te ha servido de algo ser durante largos años la Némesis particular de los hombres que traicionaron a tu pueblo? ¿Les ha servido de algo a ellos, a los tuyos? ¿Puedes devolverles la vida, hacer que Cartago sea la Cartago perfumada que nosotros conocimos?

Asdrúbal abofeteó con fuerza a Crysannia dejando la marca de su mano en la pálida piel de ella. Ella ni pestañeó mirándole fríamente, el rostro convertido en el de una esfinge. El sabía que ella tenía razón y eso le enfurecía, pero su sentido de la verdad le obligó a dejar de lado cualquier intento de venganza. Era hora de continuar su camino por los senderos de la inmortalidad. Pero ese camino lo recorrería solo. Terminó el tiempo de estar junto a Crysannia y así se lo dijo. Ella asintió tristemente.

Asdrúbal miró por última vez el cielo de su ciudad natal -lo único que aun continuaba imperturbable- y emprendió el vuelo.

El futuro no estaba escrito.






CAPITULO IV



Desde lo alto de la herbosa colina Asdrúbal contemplaba el verde valle a sus pies. El crepúsculo había terminado pero los últimos trazos de la luz moribunda teñían aun el cielo de púrpura en la línea del horizonte. Entre los de su especie él era de los que se despertaban pronto del sueño letárgico en que los sumía la luz del día y gozaba especialmente de ello, se consideraba afortunado de ver aun un resto de luz en la noche que nacía.

Con el transcurso de los siglos Asdrúbal no había cambiado en absoluto, al menos aparentemente, pero sin embargo él se sentía totalmente distinto. Su cortos cabellos seguían siendo abundantes y de color castaño, un poco ásperos. Sus ojos grises brillaban aun con toda la fuerza de la juventud, a pesar de que habían transcurrido más de 1000 años mortales desde el día de su "muerte", allá en el lejano jardín de su casa en Cartago. Su cuerpo seguía tan fuerte y musculado -el cuerpo de un atleta, el cuerpo de un guerrero- como era de esperar en un hombre de 25 años que practicaba el duro entrenamiento del soldado

Pero en su interior sí había cambiado, aunque solo él percibiera esos cambios. Su impaciencia, su fuerza vital, su impulsividad, su innata crueldad, su desprecio de la voluntad de los otros, su soberbia y su arrogancia estaban atemperadas por los años vividos, que le habían hecho valorar cosas a las que antes no le había dado la menor importancia. Que le habían transformado, paradójicamente, en alguien más humano y que habían abierto su mente a otros puntos de vista, obligándole a tener en cuenta otros criterios.

Ahora le parecía extraordinariamente valiosa la vida humana. Le conmovían la inocencia, la pureza, la bondad de algunos seres. Como flores exóticas en un Jardín Salvaje. Añoraba su humanidad perdida y las cosas que se fueron con ella (los amaneceres, vivir a la luz del sol, tener hijos, una esposa, llevar una existencia "normal", disfrutar de la compañía y de la camaradería, del amor de otros seres humanos). Ahora entendía por qué los vampiros eran en esencia seres solitarios. Eran los Cazadores de la Noche. Y que la inmortalidad podía ser tanto una maldición como un regalo.

Había recorrido el mundo entero. La caída del Imperio Romano le había dado una lección de humildad y también le había hecho notar la futilidad de las venganzas. Había descubierto muy pronto que los otros vampiros también deseaban desesperadamente la compañía de sus semejantes y que a veces buscaban la única compañía a la que tenían derecho, es decir la de sus compañeros vampíricos. Sin embargo las relaciones entre ellos nunca eran muy duraderas, mirándolo desde luego desde el punto de vista de la inmortalidad. Siempre llegaba un punto en que les atacaba la melancolía por lo que fueron y el frío contacto con otro vampiro no llegaba a darles lo que necesitaban. Muchos vampiros no se ocultaban de la sociedad en la que se movían sino que vivían en medio de la gente, disimulando lo que eran, siendo extraordinariamente cuidadosos. Por supuesto al cabo de un tiempo los hombres descubrían o intuían su secreto y ellos tenían que huir en medio de la noche para salvar la vida. Algunos morían a manos de esos mismos humanos. Otros, hartos de su eterno vagar en la noche y de la sobrecarga de los siglos acumulados y los cambios que no podían asimilar, se "suicidaban" arrojándose al fuego, o se enterraban muy hondo en las entrañas de la tierra -en una especie de vuelta al seno materno- y la locura se apoderaba de ellos, haciéndoles perder toda conciencia de lo que eran o de donde estaban. De estos últimos algunos volvían a la vida, después de largo tiempo de encierro.

Los vampiros mas viejos, entre los que se hallaba Asdrúbal, generalmente se habían "enterrado" al menos una vez .... Y habían renacido.

Ahora se hallaba en Gales, en la Isla de Britannia (seguía llamándola así a pesar de que ahora era Inglaterra), adonde había llegado hacía algunos meses. Hacía mucho tiempo que Crysannia había desaparecido esfumándose para siempre en la noche y ni i sus contactos telepáticos con otras mentes vampíricas, ni sus discretas preguntas habían tenido el menor resultado para averiguar su paradero o simplemente para saber si aún seguía con vida, pero en realidad no le importaba, Crysannia era para él el pasado y estaba enterrado muy profundamente, tan muerto como muerta estaba Cartago.

Gales era un país nuevo, toda la isla lo era. Un lugar verde, lluvioso, de cielos apacibles y grises, poblado de gente de piel clara, celtas. Bárbaros, hubieran dicho los romanos - y ante este ultimo pensamiento sonrió porque a fin de cuenta la púnica maldición había funcionado con sus eternos enemigos-.

La noche caía y las primeras estrellas apenas despuntaban en el cielo cuando se dirigió a la pequeña posada en el valle. Sentía la necesidad de contacto humano. La cuestión de la sed en cambio la tenía controlada ya que, pasados los primeros siglos, el hambre se hacía menos acuciante. No era tanto una cuestión de supervivencia sino un vicio, una pasión secreta, un placer.

Al abrir la puerta el humo acumulado en la sala le sofocó por completo. No cabía ni un alfiler en la estancia. Asdrúbal, embozado en su capa negra, echó hacia atrás su capucha descubriendo sus hirsutos cabellos y miró en derredor especulativamente. La sencilla estructura de madera tenía un piso encima y un techo de paja apelmazada con alguna grasa, a fin de protegerlo de la lluvia, cubría toda la vivienda. Al fondo había una gran chimenea encendida cuyas llamas se reflejaban en las mejillas rubicundas por el vino y la cerveza, que corría a raudales. Toscas mesas de madera estaban distribuidas aquí y allá, sin orden aparente, y largos bancos de madera, parecidos a los de algunas iglesias servían para que los clientes se acomodaran, aunque alguno de ellos dormía su borrachera tirado en el suelo de paja sucia.

Su alma de aristócrata cartaginés se rebeló por un momento ante este rústico cuadro y pensó con desdén: Bárbaros....

Bárbaros si, pero era un pueblo curiosamente vital. Savia nueva. Un nuevo mundo, lleno de gentes con sangre ardiente.

LA ROSA Y LA PIEDRA

CAPITULO I
Asdrúbal estaba muy cansado pero se mantenía rígido encima de su caballo negro al mando de las tropas que regresaban a la perfumada Cartago. Intentaba no pensar, no recordar la amarga derrota, el vergonzoso pacto a que habían llegado sus dirigentes con los odiados romanos. El final de las guerras, si, pero también el fin de su imperio, el abandono de toda su flota de guerra, sus posesiones fuera de África, el poder de Cartago en suma, que quedaba relegado a África.

El sabor a hiel subía desde lo más hondo del orgulloso guerrero que en el fondo hubiera preferido seguir a su admirado Aníbal a su duro exilio. Tan solo las órdenes de su padre le habían contenido y obligado a regresar a su hogar. Porque no se engañaba, Roma no se detendría ahi, estaba completamente seguro de ello, dijeran lo que dijeran las voces insensatas de los pacifistas, los oradores, los cobardes, a su alrededor.

La multitud llenaba las calles, contentos por el fin de las guerras púnicas. En su inocencia creían que era un día de alegría. Asdrúbal paseó su mirada distraídamente por las caras de la gente y de pronto quedó atrapado por un par de ojos negros. La dueña de esos ojos era una mujer joven, embozada en un manto negro con capucha de la que se escapaban unos suaves rizos color ébano. Su rostro -lo que se podía ver de él- era de una palidez irreal, de una blancura de mármol, lo que hacía destacar de un modo fantasmagórico el fulgor de sus negros ojos, y la mancha de color de sus labios, suaves como una rosa oscura.

Intrigado detuvo su caballo a fin de abordarla, pero un mercader cargado de cestas se cruzó en su camino y cuando logró apartarlo la misteriosa desconocida había desaparecido como por arte de magia.

Asdrúbal dejó escapar una exclamación de disgusto y se dirigió al palacio de su padre. Al llegar, los criados se apresuraron a coger las bridas de su montura y a darle la bienvenida. Se reunió con su padre en sus aposentos privados. Este era un hombre frío y distante, orgulloso, como todos en su familia, y no le demostró el menor calor. Tampoco lo esperaba. Después de las formalidades se retiró a sus habitaciones, tomó un largo baño relajante, atendido por los sirvientes. Una vez vestido con ropas limpias y saciada su sed y hambre, tendido en el diván de terciopelo no podía dejar de pensar en la joven que había entrevisto en la multitud.

El tenía experiencia con todo tipo de mujeres, había conocido a demasiadas, nobles, plebeyas, sirvientas, esclavas.... no se hacía ilusiones respecto al eterno femenino, en realidad era un cínico y tres años de guerras no le habían vuelto mas idealista en ese sentido. Recordaba a las mujeres extranjeras con placer, sus habilidades sexuales, incluso a veces evocaba episodios de violencia, de asedio a una población. Había un placer oscuro, maligno, en el hecho de sofaldar a la fuerza a una mujer temblorosa. En los hombres de su familia, anidaba una venal cruel, para que negarlo.

Ante este último pensamiento en su rostro de facciones duras, como talladas en piedra a pesar de su juventud, aleteó una sonrisa cínica.

El rostro blanco enmarcado en negros cabellos y la mirada brillante de la mujer entre la multitud, flotó por unos instantes ante su memoria, como si estuviera impreso en fuego en su mente. ¿Un sortilegio pensó?, ¿Se trataba tal vez de una bruja que le había hechizado? Era un hombre de acción y fuera como fuera no quedaría inactivo. Iba a buscarla.

Volvió a las caballerizas, hizo ensillar de nuevo a su caballo y embozado en una capa se lanzó a la noche aterciopelada.

A llegar a los jardines que limitaban la finca de su padre con la ciudad tuvo un sobresalto porque allí, apartada de la luz que proyectaba un pequeño farolillo, pero claramente distinguible a pesar de las sombras de la noche, estaba ella, la mujer que le estaba obsesionando. Le miraba directamente a los ojos, sin el menor temor, apoyada en el muro semicubierto por las enredaderas, bajo la sombra de un inmenso abedul. Su capa se había entreabierto y mostraba una silueta francamente turbadora, los cabellos sueltos como una masa de rizos oscuros. Su mirada retadora encendió su sangre y él fue hacia ella.

Cuando se apoderó de su cuerpo en un brusco abrazo y los brazos de mármol de ella se colgaron de su cuello, buscó su boca, hambriento, con un deseo difícil de saciar. La noche estaba de repente muy silenciosa. Ni el menor susurro de las aves nocturnas. El viento repentinamente en calma. Los labios de ella estaban fríos como el hielo, pero el hielo también puede quemar y así se sentía Asdrúbal bajo aquella caricia, como ante un fuego helado que le estaba consumiendo.

Una languidez totalmente extraña a su carácter de depredador se estaba adueñando de su ser al contacto de los labios de la desconocida. Ella continuó las caricias hacia el cuello del guerrero y allí besó, lamió y mordió con suavidad su dura piel, haciendo vibrar cada nervio, cada milímetro de su sensibilidad. A pesar del intensísimo placer sensual, un temor instintivo se vertió en su sangre.

Notaba con increíble fuerza el latido de su pulso en las venas. Un sonido que iba creciendo como un cántico, como una tormenta, fuera de todo control.

Su instinto de supervivencia, altamente desarrollado, le gritaba que estaba en grave peligro pero ya era .demasiado tarde porque los afilados colmillos de la mujer estaban ya perforando su piel y llegando a su yugular. Ahora bebía de él, con avidez, como de una fuente de la vida. Succionaba el torrente cálido de su sangre, arrebatándole su esencia, con el placer infinito de un monstruo.
Asdrúbal estaba totalmente paralizado e indefenso en manos de aquella mujer como lo estaría un niño en poder de una fiera. Sentía un placer inmenso y una cercanía brutal, un contacto muy intimo con aquel ser que le arrebataba la sangre, aunque notaba que la vida le abandonaba a cada sorbo.

En su último pensamiento cuerdo fue consciente de que se estaba muriendo.....





CAPITULO II
En los brazos de aquel monstruo en forma de mujer, Asdrúbal estaba muriendo. Lo sentía en su interior con la certeza con que nos damos cuenta de las verdades absolutas. Tan cierto como que el alba sigue a la noche. A pesar de ello no sentía el menor temor. Una pequeña parte de su mente seguía funcionando y pensó que seguramente ese demonio en forma femenina había anulado con brujería sus defensas, dándole esa falsa sensación de felicidad, de plenitud. Pero daba igual porque lo único que importaba es que no quería separarse nunca -aunque pudiera- del contacto de su asesina.

La realidad es que un placer abrumador por su intensidad, un placer a todas luces sexual, pero que nunca había conocido en esa total intensidad, le invadía y sabía reconocerlo, ya lo creo, pensó, ya que él había gozado de su cuerpo y de todas las formas posibles de amar en sus múltiples variantes, de un modo que pocos hombres de 25 años habían disfrutado. Se estremeció y sintió sus fuerzas flaquear definitivamente mientras la mayor parte del torrente cálido de su sangre se vertía y era succionado por la ávida boca de su verdugo.

Empezó a tener visiones, a recordar toda su vida en fragmentos que corrían rápidos como el viento, más rápidos que cualquiera de las fabulosas monturas que el había poseído. . Vio otra vez el rostro encantador de su madre muerta sonriéndole en el jardín de su casa, mientras jugaban a atrapar mariposas. Se vio a si mismo cabalgando a lomos de Tika, la primera yegua que tuvo, aquella que le regaló su padre por su sexto cumpleaños. Volvió a sentir como le enlazaban los suaves muslos morenos de Zalia, la primera muchacha que poseyó. Esta ardiente escena se fundió con la visión de una espada que se clavaba con lentitud salvaje en el corazón del primer enemigo del que dio cuenta en la batalla.

Sintió de nuevo la excitación de la guerra, del combate, correr por sus venas, como el mejor de los vinos, mejor que poseer a una mujer. Las escenas de las batallas se sucedieron en un rápido pase ante sus ojos, algunas increíblemente heroicas, otras tan crueles y mezquinas que su solo recuerdo bastaba para varias vidas.

De pronto su captora se apartó bruscamente de él, los colmillos se retiraron de los orificios que habían abierto en sus vena, dejándole de pronto sin apoyo alguno y al borde la muerte. El hubiera caído sin remedio al suelo como un muñeco roto, sino fuera porque ella le sujetó con un brazo aparentemente frágil, pero tan firme como el hierro con el que se forja una espada. Entonces le habló por primera vez y el sonido de su voz se grabó directamente en el alma del guerrero.

- "Asdrúbal, no voy a dejar que mueras".

Al decir estas palabras ella soltó con un gesto grácil el nudo que sujetaba su túnica liviana al hombro, desnudando un seno tan blanco como la nieve y tan perfecto como la más bella de las estatuas que representaban a las Diosas. El la miraba con los ojos nublados, tan débil como un gatito recién nacido. Ahora ella con sus largas uñas había abierto un surco rojo en las venas de su cuello y le ayudaba a acercar los labios a esa herida que destacaba roja entre la piel blanca.

- "Bebe, guerrero, bebe de mi y recupérate. Nacerás de nuevo. Olvidarás la amarga derrota. Vivirás para siempre. Es un regalo que te hago, más debes beber por voluntad propia, no te obligaré a ello. Es tu elección. Bebe o muere "

Los labios de Asdrúbal apenas titubearon un instante y sorbió la sangre que fluía, primero débilmente pero después como si ésta fuera miel y ambrosía, clavándole sus pequeños colmillos, desgarrando su dura piel. La sangre de ella, su sangre deliciosa, turbadora, la sangre de él mezcladas, las dos juntas tan poderosas, tan llenas de visiones y de magia.....

Empezó a ver cosas que no existían, que no estaban ahí, pero que el intuía que eran visiones de ella, cosas que ella había vivido, amado, sentido, odiado, visto, conocido. La sangre de ella era como vino con especias, como el juramento de los guerreros, como la magia más poderosa, como la mejor de las amantes. Sus fuerzas volvían con rapidez, se sentía revivir, con mas fuerza que antes y el había sido un hombre increíblemente duro y fuerte. Pero en realidad había estado muerto, o casi, y ahora no podía dejar de sorber ese elixir de vida.

Con un seco tirón en sus cabellos ella intentó detenerle, pero él no quería soltarla. Ella entonces le apartó con un seco golpe que le envió al suelo. Rápidamente volvió a anudar su túnica y arregló sus cabellos.

Asdrúbal caído en la dulce hierba de los jardines de su padre no podía quitar sus ojos de ella. Algo había cambiado, ella. Estaba de algún modo distinta. Bella, por supuesto, pero la terrible palidez fantasmagórica que había tenido desde que la entrevió por primera vez en el desfile, estaba desapareciendo para mostrar los colores naturales de una muchacha. Rosa pálido en las mejillas, blanco ligeramente dorado en los hombros suaves, rosados los lóbulos de las orejas. La rosa oscura de sus labios era ahora de un grana encendido

Asdrúbal encontró aliento para preguntarle: -"¿Como te llamas?
¿Qué clase de ser eres? ¿Por qué yo?"

Ella rió y su risa cantarina llenó el aire de campanillas de cristal. Le tomó de la mano y le dijo:

- "Soy Crysannia y lo que soy lo irás descubriendo poco a poco porque ahora somos lo mismo".

Escrutando el cielo observó signos que mostraban que el alba estaba a punto de despuntar.

- "Ahora no hay tiempo para explicaciones. Tenemos que buscar refugio, la noche acaba". Le instó con urgencia a seguirla, tomándole de la mano.
Y Asdrúbal la siguió en la noche.....






CAPITULO III
Asdrúbal contemplaba la noche que nacía con sus nuevos ojos, esos ojos vampíricos que le permitían ver la belleza intensa de todas las cosas. Una infinita gama de colores en el cielo nocturno. Pero los cambios no se limitaban a la visión sino que abarcaban todos los sentidos, agrandándolos, afinándolos y dándoles un nuevo sentido. Podía oír la sinfonía de los depredadores nocturnos. El se unía a su canción, formaba parte de todo ello. La Danza de la Muerte resonaba en el bosque con una increíble belleza, porque todo en la naturaleza era una gloriosa mezcla de muerte y vida y se asombraba de no haberlo percibido antes, pero por supuesto los nuevos sonidos de la quietud y del silencio eran sólo perceptibles para unos oídos vampíricos.

La luna ya no era simplemente una esfera plateada sino que relucía con mil colores, igual que un prisma. Resplandecía y tenía vida propia e incluso podía percibir las oleadas de su fuerza cuando el astro estaba en su plenitud. El viento entre las ramas cantaba una canción solo para él y los que eran como él. Asdrúbal estaba totalmente fascinado por el mágico espectáculo de la noche, por la magia perturbadora de las cosas familiares. Era como si hubiera vivido durante toda su vida en otro mundo. Un mundo cuya estructura principal tuviera vagas conexiones con la realidad que vivía ahora pero del cual era sólo un pálido reflejo.

Sentía la presencia de Crysannia cerca de él, vigilándole amparada en las sombras violetas, pero no deseaba que ella se acercara ahora. A perturbarle. Aquel momento era solo suyo. Lo sentía como algo muy íntimo. Su cuerpo físico -el cuerpo del magnífico guerrero que había sido- había muerto y él había nacido de nuevo pero todavía tenía que adaptarse a su nueva situación, controlar sus poderes, cuyo alcance apenas alcanzaba a vislumbrar en su totalidad. Estaban su fuerza sobrehumana., su resistencia a cualquier daño físico que pudieran infringirle. Su capacidad de recuperación y renovación. En realidad, según las explicaciones de Crysannia, la vampira, nada, absolutamente nada podía matarlos, excepto la luz del sol o la desmembración total de su cuerpo, incluida la decapitación, cosa que en todo caso debería hacerse cuando ellos estaban desprotegidos, durante su sueño diurno. Y como se escondían hábilmente bajo tierra durante el día, era muy difícil que les hallaran desprevenidos.

Estaba dispuesto a vivir ahora, a empezar de nuevo y entendía que un mundo nuevo y seguramente aun mejor se abría a sus pies, dada la promesa de inmortalidad que implicaba.. Abandonaría ahora mismo su casa, su ciudad, su gente, pensó sin nostalgia. Marcharía con Crysannia a recorrer el ancho mundo, visitando todos los lugares que le apetecieran, haciendo todas aquellas cosas que siempre le habían parecido imposibles. Ahora incluso podía volar!, -este último pensamiento le arrancó una sonrisa de los fríos labios. Crysannia le estaba enseñando a controlar sus dones y de todos ellos el que mas le maravillaba era ese: poder abandonar el suelo como los pájaros y surcar el aire. Aunque en cierto modo también le aterraba.

Al pensar en ella no pudo evitar una mezcla de sentimientos contradictorios. La amaba, la deseaba, aunque ahora fuera un deseo distinto de la sexualidad que hasta entonces había conocido. Sin embargo no podía evitar un cierto resentimiento hacia ella porque ella le había arrebatado la vida. Para darle la inmortalidad, sí, pero el único hecho cierto es que le había matado y el viejo Asdrúbal no podía olvidar ni perdonar esto..

Ella le había explicado la noche después de su transformación, por qué le había escogido como compañero. Le había contado que se alimentaba de sangre, pero que habitualmente mataba a sus victimas o simplemente se alimentaba de ellas pero sin llegar al límite, como había hecho con él. Y que nunca nunca -hasta entonces- había dado su don a otro ser, nunca había transformado a nadie en vampiro dándole su sangre. Le confesó que le había estado observando desde hacía mucho tiempo, admirando su fuerza y su carácter orgulloso y frío. Le gustaba su contención, su frío dominio, su modo de guardar sus sentimientos en lo más hondo y no hacer ostentación de ellos, lo cual le había hecho ganarse una fama de militar duro e implacable. También admiraba profundamente su inteligencia y su oscuro encanto y esa vena cruel que tenía -como todos los hombres de su familia, pensó él- y que a la parte de depredador de ella la atraía. Le dijo que su raza, la raza de los seres de la noche, era muy antigua y se perdía su origen en el albor de los tiempos.

Crysannia era muy bella, fría como el mármol, perfecta en todos sus detalles y vieja como el tiempo. Tendía a la melancolía. Hacía mas de un siglo que había sido transformada por un monstruo que se escondía en las profundidades subterráneas del templo donde ella era una joven aprendiz de sacerdotisa, en su Fenicia natal. Sin embargo a veces sufría una extraña apatía, como si la vida o la muerte/vida que vivían en realidad, no la motivara lo suficiente, como si todo fuera una comedia largo tiempo interpretada que cansaba. Asdrúbal en cambio tenía hambre de vida. Quería exprimir el mundo, conocer, aprender, viajar, saber, vengarse......si, vengarse.

La idea de la venganza anidaba en su mente desde la amarga derrota que sufrió Cartago en las guerras púnicas y el vergonzoso pacto al que se vieron obligados a llegar con los romanos. El, como joven consejero de Aníbal, había sido contrario a cualquier tipo de pacto. Había razonado brillantemente sus ideas y también las había defendido con pasión, ya que estaba totalmente convencido de que Roma no les daría jamás cuartel y acabaría destruyendo Cartago hasta que no quedara ni el recuerdo de su Imperio sobre la faz de la tierra. El admiraba a Aníbal y Aníbal había sido expulsado de Cartago, enviado al exilio y probablemente puesta su cabeza a precio -en secreto-. El quería hacer pagar a todos los que habían hecho posible tamaña traición a su pueblo. Y lo haría. A pesar de la posible oposición de Crysannia. Asdrúbal se daba cuenta de que Crysannia quería un amante, un compañero, algo que la distrajera del tedio de sus interminables noches... maldito si él, un general cartaginés se convertía en juguete de una vampiresa.

Durante los años que siguieron, Asdrúbal fue el ángel vengador de los cartagineses, aunque su autoría permaneció en el secreto más absoluto. La desgracia parecía perseguir a los políticos, a los senadores, a los personajes públicos que habían abogado por el pacto. Uno de ellos se ahogó misteriosamente en el estanque de su villa. Otro desapareció sin dejar el menor rastro. Un tercero fue descubierto por los criados en su cama, sin una gota de sangre en sus venas, blanco como la tiza, pero sin la menor señal de violencia física, durmiendo en una habitación cerrada por dentro, a la que accedieron los criados echando la puerta abajo. El infortunio pareció recaer principalmente sobre los ciudadanos romanos, pero también sobre muchos nobles cartagineses. En todas esas muertes había un elemento común inquietante por lo inofensivo pero que creaba un lazo de unión entre hechos aparentemente desligados entre si. Al lado de los cuerpos de las victimas se encontraba siempre una rosa roja, una rosa de fuego aterciopelada, abierta, bella en su absoluta perfección, con gotas de rocío temblando en su superficie, como inmensas lagrimas. Reposando como recién cortada a los pies de los muertos.

lunes, 19 de julio de 2010

NO TODOS LOS CAMINOS LLEVAN A KATMANDÚ



CAPITULO 1

BETTY

Una vez más el insoportable sonido del despertador. Eso significa que son las 7 de la mañana.

Abro un ojo y en ese momento nebuloso entre el sueño y la vigilia pienso: ¿Me levanto o me doy media vuelta?. No pienso mucho, no vaya a ser que me quede en la cama toda la mañana, y doy dos brincos, con sumo cuidado, no vaya a ser que me levante con el pie izquierdo (!no lo quiera dios!) y atraiga hados funestos sobre mi.
Un día mas, refunfuño mientras me lavo los dientes. Me subo a la báscula en un arranque de valor y, !como no!, he engordado dos kilos ¡ Que horror¡.

Preparo una cafetera, me doy una ducha rápida. El agua cae sobre mi como una maldición bíblica. Me siento fatal. Me enfundo en unos vaqueros y una camisa suelta (ya lo sé, ya lo sé, el viejo truco...), me recojo el pelo en el modo informal que me parece favorecedor y paso la mano por el lomo peludo de Matrix, mi gato. Resopla, pero se frota contra mis piernas. Me tiene tomada la medida, por supuesto. Obedientemente , vacío los froskies en su bol y los devora elegantemente, como si fuera lo que se merece, el condenado gato. Me pregunto quién es el amo de quién.

Tomo mi primera taza de café del día, me quemo la lengua y estoy a punto de mancharme con el café. Mezclo yogur con muesli de frutas. Empiezo el día con un buen desayuno anglosajón, pero estoy convencida de que no me resistiré al habitual bocadillo de media mañana. ¿Así como quiero perder peso?, aunque es más bien una pregunta retórica, tipo “Pepito Grillo”.

Me lanzo a la calle: autobuses desprendiendo humo tóxico, ruido de cláxon por todas partes, coches a toda pastilla, gente dormida, arrastrándose con aire de zombie, con los auriculares puestos, eso sí. Todos vamos hacia el metro. Estoy pensando que un día escribiré mi gran novela y que probablemente el escenario será una estación de metro. Justicia poética. Hora punta. Compro “LA RAZON ”, el quiosquero me hace gestos obscenos con la lengua. Nada de particular. Una mañana como tantas. Estoy aburrida. Mi vida es tan previsible que parece un juego de ordenador. Ni media hora que he salido de casa y ya puedo contarte cómo será mi día, con un espacio para variables de la medida de una micra. ¿Es eso lo que quiero? ¿Para eso se conjuntaron las estrellas y constelaciones el día de mi nacimiento?. Voy a hacer una locura. Quiero vivir sin red, pero, ¿me atrevo?.

El viento absurdo alborota mi pelo, mueve los faldones de mi blusa como si bailaran un hip hop, y mira que normalmente no soporto el viento, pero hoy me hace sentir libre. Libre como un pájaro. De acuerdo, todo un tópico, pero si Shakespeare recurría a ellos, ¿quién soy yo para despreciarlos?. Ni Simone de Beauvoir, ni Montserrat Roig, ni siquiera Agatha Christie, coño. Me gustaría ser Lisbeth Salander, a veces Angelina Jolie, pero sin niños. A veces divago.

Estoy plantada ante el semáforo en rojo, delante de la puerta del gran hotel dónde trabajo. La miro con recelo, como si me acechara una trampa, pero no, no es más que el lugar que me ha acogido durante los últimos tiempos. Una jaula dorada. El dulce maná del día a día. Dónde me gano las lentejas, hablando en plata, y no me ha ido tan mal, pero se acabó. He tomado una decisión: mi vida va a cambiar.

Cruzo en sentido contrario el paso de peatones … al revés, como si me rebobinaran en cámara lenta. Entro en el bar de la esquina. Me siento; como en trance, abro el periódico, noto como si todos los chamanes de la Tierra me guiaran. Cierro los ojos con fuerza y en mi mente un anuncio brilla con luz propia.

“Quieres ser la mujer diez? O quieres ser diez mujeres en una? Atrévete a vivir una experiencia única¡.
Sólo para curiosas dispuestas a crear su vida.”
Apartado de Correos 450.


De repente mi móvil estalla con la ruidosa voz de Amaral aullando “Te necesito”. Mi jefa al otro lado de la línea gritando como si un psico-killer estuviera ensayando con ella las tomas falsas del coleccionista de cadáveres. Corto la comunicación con un sólo gesto grácil de mi pulgar. Me siento radiante. Como si Santi Millán hubiera bailado conmigo, en plena calle, y me hubiera ofrecido un donut.

Hoy es el primer día de mi nueva vida.

Mi mente (rápida como el rayo, fabulosa como la de Superman sin kryptonita al lado) empieza a planificar -que es lo que mejor sé hacer-. Veo con cristalina claridad todo. Me voy a mi banco y amplio el crédito de mi VISA. El empleado no puede ocultar su sonrisa sibilina de malévola satisfacción. Se parece a Fagin, pienso, y creo recordar como en un dejà vu, que tuve esa misma idea no hace mucho, cuando le hablé de ampliar mi hipoteca.

Siguiendo mi linea de actuación, me meto en la red y compro un vuelo barato con destino a Milano. Me dejo caer en un puff, de cuyas profundidades sé que tendré dificultades en escapar, mientras fumo -con remordimientos: fumar mata, ya lo sé, coño!- mi primer cigarrillo del día. Mucho más relajada, me siento flotar en el aire. Estoy orgullosa de mi misma y de mi capacidad de tomar decisiones, pero aun tengo mucho por hacer. Debo estar en el aeropuerto antes de las 8 p.m y tengo que dejar atados un par de cabos de mi vida anterior.

Al poco rato, he colocado un “SE ALQUILA” en el balcón de mi piso, tengo la maleta preparada con lo indispensable (práctica como soy) y mi pobre Matrix está de okupa, destrozando el sofá de mi amiga Sara, que espero no le venda a cualquier restaurante chino antes de mi regreso. Por último, envío un email al apartado de correos misterioso.


En menos de 3 horas he cambiado el curso de mi vida.

jueves, 1 de julio de 2010

Bruna (y la pequeña Arlet)




Sumo Pontífice Inocencio VIII -1484- bula Summis desideratis affectibus:

"Ha llegado a nuestros oídos que gran número de personas de ambos sexos no evitan el fornicar con los demonios, vínculoss y súcubos; y que mediante sus brujerías, hechizos y conjuros, sofocan, extinguen y hacen perecer la fecundidad de las mujeres, la propagación de los animales, la mies de la tierra"

Vallgorguina - Sierra del Montnegre. Víspera de Sant Joan -1607.

BRUNA


Es la víspera de San Juan y me encamino al bosque para recoger albahaca, trébol, saúco y carlina. Y la mejor hierba de todas: el helecho, la hierba de oro. También recogeré romero y tomillo para perfumar mis sábanas, quiero que esta noche te envuelvan en su fragancia, amor, si consigues ganar ese tiempo para mi, para nosotros.

Me suelto el pelo, lo desenredo pesándolo con suavidad con mis dedos, mechón a mechón, y me estremezco al pensar en cómo te gusta, en lo largo que lo tengo, para tu placer, para tu sensual manera de tomarme. Cerca del dolmen, me detengo para trenzar una corona de anémonas y violetas de bosque; la pongo en mi cabeza, un poco ladeada. Sonrío para mi misma y continuo mi camino: una joven mujer sola, vestida de blanco, bajo la noche estrellada. No llevo capa, es la noche más corta del año, solsticio de verano, noche especial, mágica, para los que aun conocemos de la antigua ciencia.

Las cosas han cambiado en Vallgorguina, las gentes tienen miedo (y también hambre). Los ricos son cada vez más avariciosos y quieren poseer más y más, sin darse cuenta de que la tierra no es de nadie y es de todos. De que no pueden explotarla hasta el límite porque se vuelve áspera y no da más. Los pobres viven temerosos de cualquier desgracia de la naturaleza que les haga mas desgraciados, que les quite lo poco que tienen. Y recurren a mi para protegerse, como recurrieron antes a mi madre, a mi abuela, a la madre de mi abuela, a su abuela, y así hasta incontables generaciones.

Les ayudo en mi medida, con todo lo que me enseñaron. Con la vieja fuerza que asimilo de la tierra, que fluye hacia mi. Pero tengo miedo porque percibo los cambios. Los tiempos son distintos, están cambiando, y las que somos como yo estamos a punto de desaparecer.

Nos temen (aunque desconozco la razón). No pueden permitir que les cuestionemos nada, su autoridad, su poder. Pero yo nunca he ambicionado el poder. Sólo le quiero a él, y nunca le tendré porque no es mío (nadie es de nadie, salvo de si mismo).
Esta noche le esperaré en el claro, delante de la Pedra Gelada, tendida en la hierba húmeda. Le daré mi naturaleza, cálida. Me volveré dulce como la miel, con todo lo que me hace sentir.

2

Las voces la despertaron y vio al numeroso grupo de gente que se acercaba. El estaba entre ellos, casi a la cabeza. Llevaban horcas y palos, agitaban las cabezas, murmuraban su nombre. Vio también a la pequeña Arlet, con su camisón blanco, despeinados los rubios cabellos. Estaba llorando. Un hombre vestido de negro, que no era un sacerdote, estaba al mando. Esgrimía un libro en sus manos, al que parecía acunar, como si fuera su bien más preciado.

Bruna no comprendía nada, pero al mismo tiempo no necesitaba palabras para saber que iba a morir esa noche.


3

Al amanecer, su cuerpo no podía más, estaba destrozado. Las cosas que el cerebro humano, que la mente y los corazones más enfermos y retorcidos podía imaginar, las habían ensayado con ella. No podía imaginar que nadie pudiera hacer nada así a otro ser humano, no lo habría creído si se lo hubieran contado. Ya no le quedaba capacidad de sufrimiento, había rebasado con exceso su límite. Recordó con un estremecimiento el instrumento en forma de pera invertida (con un tornillo y una llave de hierro al final) que el hombre de negro había metido en la parte más íntima de su cuerpo. Su rostro impávido, blanco, ni siquiera se había alterado al mover la llave, al dar una vuelta de tuerca (y luego otra, y otra, y otra más) al tornillo, mientras estaba atada, inmóvil, indefensa. Sus entrañas se habían desgarrado. El daño era irreversible, sangraba por dentro.

Lo único peor que eso, fue contemplar el rostro de Guerau, su amante, mientras la torturaban. No quería seguir viviendo. En un mundo así, no había sitio para una mujer como ella.

Los aldeanos -sus vecinos, sus amigos, gente que había compartido con ella- decían que tenía la culpa de la mala cosecha, que les había maldecido con tormentas, que celebraba aquelarresn la Pedra Gelada, junto al dódolmen.adaera verdad, pero era gritar al viento. Era hora de morir. Quería gritarles con su último aliento: "!El hecho de que no podáis ver algo no quiere decir que no exista!".


HOY

TXELL

Cuando paseo por Vallgorguina no puedo dejar de ir hasta las viejas piedras, esas piedras ennegrecidas, erosionadas, calcinadas. Testigos mudos de la barbarie y de una época oscura. Puedo percibir en el aire el olor acre del humo. Veo en mi imaginación lo que ocurrió. De noche no puedo acercarme al lugar dónde encendieron las hogueras. No tocaría jamás las piedras. Nunca. No sé lo que llegaría a percibir (Bruna, Arlet). ¿Será verdad que guardan los objetos un resto de memoria de lo que ocurrió?. No me arriesgaré a averiguarlo.

En la vida hay demasiadas cosas que no vemos. Como un inmenso iceberg nos enseña un parte y nos oculta la mayoría de su superficie. El hecho de que no podamos ver algo, no quiere decir que eso no exista. La rana tiene un espectro de visión mas limitado que el nuestro. Antes de la teoría de Einstein nadie hablaba del espacio curvo, ni del tiempo como cuarta dimensión, pero existían. Yo creo en cosas que no tienen un fundamento físico. Creo en mis presentimientos. En mis intuiciones. En mis simpatías y antipatías. Creo en mi vocecita interior. Creo que hay personas que ven más que yo, que sienten más que yo y, por supuesto, hay personas que saben mas que yo.

Creo en la magia. Creo en los ciclos de la naturaleza y que esos ciclos marcan cambios sutiles, en todas las cosas vivas.

Es bueno vivir acorde con lo que nos rodea, empatizar con el mundo rural y con los ciclos naturales. Por supuesto que la mayoría vivimos de espaldas a un mundo del que somos usufructuarios, nunca propietarios, olvidando sus lecciones. Borrando todo rastro de la vieja ciencia, de la vieja sabiduría de los que nos precedieron.



Las denominadas Brujas, fueron casi sin excepción, mujeres que vivieron de acuerdo con la naturaleza, buscando y utilizando viejos remedios. Sin confiar en el poder exclusivo de las religiones y creyendo en una ciencia más antigua. Otras fueron unas rebeldes de su tiempo, mujeres que buscaban la libertad en los bosques. Libertad del corsé puritano que las oprimía. Libertad para bailar, para beber, para cantar, para creer en lo que les apetecería, para gozar de su sexualidad sin falsas hipocresías. Otras no fueron Brujas ni siquiera de nombre, sino víctimas de envidias ajenas, de intereses, de mezquindades, de venganzas. O peones en la Cruzada de la Inquisición.

Pero algo las unificó porque la mayoría de ellas fueron quemadas en las hogueras encendidas por "la Santa Inquisición". Fuegos levantados por los hombres de Simón de Montfort, u otros de parecida calaña. Por ángeles de fría mirada, pálidos rostros y austeras vestiduras. Gentes sin piedad, que decían estar en posesión de la Verdad Única.

Algunas brujas se salvaron de la hoguera, pero no de los tormentos a los que las sometieron sus inquisidores, en su ansia de hacerles reconocer que habían vendido su alma al Diablo y habían entregado su cuerpo a Satanás y sus secuaces, en innombrables orgías, cuya descripción, probablemente, ponía caliente a los envarados atormentadores.

Por supuesto, una vez habían confesado, se las mataba igualmente. Eso si, de forma mas piadosa. Morían ahorcadas.

Todo esto es historia antigua y las cenizas de la ultima de ellas hace tiempo que fueron esparcidas al viento, los patíbulos desmontados, los Tribunales desposeídos de su autoridad religiosa.

Aun así, yo sigo oliendo el humo en Vallgorguina y jamás tocaré esas piedras.

Pero algunas veces paseo por allí, sobre todo al atardecer y al volver a casa, dejo algunos dientes de león en el suelo, como una pequeña ofrenda: la promesa de una nieta a su antepasada.